Las reglas del parchís

La hoja de ruta está marcada y dice que la república catalana es anterior a España

María José Pou
MARÍA JOSÉ POU

Algunos se quejan en Cataluña de que el Gobierno español lo que está buscando es que se repitan las elecciones autonómicas hasta que salga el resultado que más le convenga. No queda muy claro a cuál se refieren, habida cuenta de que Xavier García Albiol está más que finiquitado y que Inés Arrimadas se resiste a exponerse aunque la empujen desde el PP. Parecen no recordar que Rajoy hizo exactamente lo mismo cuando sabía que no tenía suficientes apoyos parlamentarios. Esos que reprochan la insistencia en repetir el voto son los mismos que buscan modificar el reglamento del Parlament para poder investir presidente a Puigdemont-upon-Flandes. Parecen no apercibirse de que están defendiendo lo que critican: si la Constitución me da un camino que no quiero, la incumplo; si la Justicia me da una posibilidad que no me interesa, la niego y si el reglamento me da una solución que altera mis planes, lo modifico. Visto lo visto, si no han pedido una repetición electoral es solo porque el resultado es beneficioso para ellos. De lo contrario, llevaríamos semanas con la matraca de elecciones ilegítimas y bla bla bla. Porque la pregunta es inevitable: si Puigdemont es el president, ¿cómo se explica que se presentaran a las elecciones, que aceptaran su escrutinio y que ahora quieran que sea investido de nuevo un presidente que ya lo es? Si lo es, no necesita renovar su investidura. Si lo necesita, se confirma así que no lo era. El salto en el tiempo entre legitimidades es inquietante pero mucho más el cambio de dimensión cósmica.

La cuestión está en modelar la realidad como interesa y en alterar la forma de abordarla. Su análisis es anterior al examen del mundo. Por lo general el proceso de percepción y reflexión es el contrario: primero observamos y luego extraemos conclusiones. En cambio, el dogmático actúa al revés: primero decide qué resultados quiere obtener y luego analiza la realidad para lograrlos. Eso es lo que está sucediendo en Cataluña. La hoja de ruta está marcada y dice que la república catalana es anterior a España. A partir de ahí solo cabe ir negando la realidad para que dé como resultado una legitimidad que podríamos situar aproximadamente en tiempos de Atapuerca. Quizás incluso un poco antes, por si a alguien le surgieran dudas sobre la independencia de los homínidos catalanes respecto a sus vecinos burgaleses.

El intento por reformar el reglamento para que el de Flandes pueda ser presidente del Principado, de sus colonias y de un cráter lunar que tiene la forma de la estelada es una manera de admitir el fracaso. Es como el niño que se resiste a perder al parchís y dice que en sus normas siempre se cuenta doble aunque no saque dos seises. Los hay. Pero tienen diez años. O noventa. Sin embargo, los independentistas catalanes ya tienen edad para saber que las partidas no se ganan pegando un puñetazo en la mesa y cambiando las normas a beneficio propio.

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