Razón y ceguera de Ribó

Razón y ceguera de Ribó
Reuters/Marcelo del Pozo

Es intolerable que una minoría prohíba lo que no les gusta», declaraba un indignado Joan Ribó ante las cámaras de La Sexta. Pocas horas antes, la policía había estimado creíbles una serie de amenazas, decidiendo suspender el espectáculo que los miembros de la revista Mongolia pretendían ofrecer en La Rambleta de Valencia.

El señor Ribó honraba con sus declaraciones su posición como alcalde, poniéndose del lado de la libertad, de la cultura y de la legalidad. Aunque yo hubiera ido más lejos, creo que no se debería aceptar la censura de un acto cultural legal incluso si fuera una mayoría la que lo exigiese.

El alcalde de Valencia se posicionó de una manera inequívoca del lado de la libertad cultural, como no podía ser de otra manera. Bien por el señor Ribó y su defensa de la libertad de Mongolia para poder realizar una actividad cultural, por mucho que hubiera gente a lo que no le gustara esa actividad, que la reprobaran o que les pareciera inaceptable moralmente.

Dicho todo lo anterior y habiendo escuchado al señor Ribó de manera tan certera y contundente en favor de la libertad cultural, me cuesta mucho más entender su postura como alcalde de todos los valencianos en relación con la tauromaquia.

Porque el señor Ribó, el mismo que defiende con vehemencia que no se puede censurar ningún tipo de expresión cultural por el mero hecho de que a algunos no les guste, es el mismo que ha censurado en su propio municipio numerosas expresiones culturales relacionadas con la tauromaquia por la única razón que a él y a unos cuantos más, simplemente no les gusta.

El señor Ribó, precisamente el señor Ribó, ha prohibido las celebraciones de bou embolat en la ciudad de Valencia o en sus pedanías de Borboto, Benifaraig, Carpesa, Massarrochos o Poble Nou, lugares donde el alcalde Ribó no ha dudado en ejercer la censura cultural sin ningún tipo de miramiento.

«Ah, no, es que eso no es lo mismo», puede tener la tentación de decir el señor Ribó, alcalde de todos los valencianos.

Permítame que le diga, es exactamente lo mismo. Es el mismo supuesto el de la revista Mongolia y el de los festejos populares con toros. Los dos son expresiones culturales. Los dos tienen detractores que consideran que su ejercicio es inmoral. Y la supresión de cualquiera de los dos no es otra cosa que censura cultural.

Que la tauromaquia sea cultura o no lo sea, no es algo que el señor Ribó o yo podamos decidir de acuerdo con nuestros gustos. Que la tauromaquia es cultura popular es algo que solo el pueblo de manera libre puede decidirlo.

La ley se limita a recoger esa realidad, lo mismo que la jurisprudencia, que ha calificado a la fiesta de los toros como «elemento fundamental explicativo de nuestra cultura» en reiteradas ocasiones.

Y el señor Ribó puede alegar que como hay un animal involucrado, no es cultura.

Para evitar estas discusiones fue la propia UNESCO la que declaró que la única línea que no se puede pasar para considerar aceptable una expresión cultural es el respeto por los derechos humanos y las libertades fundamentales. Y en la tauromaquia no se traspasa esta línea.

La tauromaquia es cultura, da igual cuál sea la opinión del alcalde al respecto, lo dicen nuestros usos y costumbres (aunque no le gusten), lo dice la ley, lo dice la jurisprudencia, lo dice la UNESCO.

Es incluso gracioso que en el caso del bou embolat lo digan incluso partidos políticos afines al partido de Ribó, apenas unos cuantos kilómetros más al norte en las Tierras del Ebro catalanas.

A Ribó no le parece aceptable moralmente la tauromaquia como a un grupo de gente no le parecía moralmente aceptable el espectáculo de Mongolia.

Esta es la ceguera ideológica del señor Ribó.

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