HELICÓPTEROS

Ramón Palomar
RAMÓN PALOMAR

Conservo el hábito de la lectura y el de contemplar nuevas películas. Pero qué difícil volver a sentir determinadas emociones que nos galvanizaron en aquellos trances primerizos de espléndidos descubrimientos... Sigo fiel, por ejemplo, a 'Grupo salvaje' y a 'Apocalipse now'. La primera recibiría hoy un ninguneo absoluto o una campaña devastadora porque se trata de una historia de hombres preñada de amistad, pólvora, traición, violencia y un respeto pletórico de poesía. La secuencia del paseíllo final, cuando esos pistoleros asalvajados se dirigen con paso firme hacia la muerte y lo saben, me sigue pareciendo insuperable.

De la segunda conservo una especie de tic con los helicópteros. Si yaciendo desparramado sobre la playa sobrevuela un helicóptero recuerdo de inmediato al coronel Kilgore y a sus moscardones metálicos escupiendo fuego sobre los charlis al son de Wagner. Y lo mismo cuando un helicóptero zumba sobre nuestras cabezas durante una manifa o si ese trasto aparece en cualquier situación real o de ficción. No falla, irrumpe en mi mente la jeta de aquel coronel interpretado magistralmente por Robert Duvall. Naturalmente, retumba en mi sesera su célebre frase de «...aquella colina olía a...¡Victoria!».

Nuestro presidente Sánchez muestra una querencia excepcional hacia el helicóptero. Ningún presidente lo usó tanto. Lo de Sánchez, además, rezuma infinito mérito porque apenas arrastra unos meses en el máximo liderato. Me pregunto, pues, de donde le viene ese apetito aéreo. ¿Ejerce de fan fatal y algo chiflado de 'Apocalipse now' como yo mismo? Si así fuese les aseguro que le miraría con mayor simpatía. Pero me temo que no, que sólo se trata de fanfarronear y de alcanzar ese cielo que jamás mereció. Agarra el helicóptero porque puede del mismo modo que otros cabalgan sobre un patinete.

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