NO QUIERO NI PENSAR

Ni la ciudadanía ni los propios partidos muestran gran interés por las elecciones europeas, pese a estar en juego asuntos clave para el futuro del país

IGNACIO MARCO-GARDOQUI

Hay varios métodos para averiguar la importancia que le damos en este país a las elecciones europeas. Uno es observar el porcentaje de ciudadanos que se toma la molestia de introducir su voto en la urna específica. Con él comprobamos que la cosa empezó bien -todas las citas realizadas en el siglo XX superaron la media del censo-, y va fatal, pues las celebradas en el siglo XXI no han conseguido interesar nunca ni a la mitad de los electores. Muy poca cosa.

El segundo método es analizar el tipo de candidatos que los partidos colocan en sus listas en puestos de posible salida. ¿Qué vemos? Pues con muy, muy escasas excepciones un grupo de personas pasadas de moda en sus propios partidos, desubicadas con las nuevas direcciones o completamente desconocidas para el público. Quizás por eso, sus declaraciones se resumen en acudir a lugares comunes y proponer ideas entre utópicas e irrealizables.

Si alguna televisión se anima a organizar un debate al respecto le cae la audiencia a porcentajes irrisorios.

¿Es esto normal? Evidentemente, no. Europa ha sido, es y será una cuestión de la máxima importancia para nuestras vidas. Además, atraviesa un momento delicado en el que se enfrenta a retos capitales. Es decir, cualquier cosa menos irrelevante y accesoria. ¿Entonces? Pues pasan varias cosas. A pesar de la evidencia de los muchos beneficios que hemos obtenido de la UE, últimamente todas las noticias son o malas o peores.

No quiero ni pensar qué hubiera sido de nosotros de no haber ingresado en el club en 1986. No quiero ni imaginar dónde estaría ahora la peseta en su cambio con las principales monedas del mundo. No quiero ni suponer qué tipo de infraestructuras tendríamos sin la generosidad de la financiación europea ni que acuerdos comerciales habríamos alcanzado de no contar con el paraguas de la Unión. Pero no valoramos nada de todo eso.

Además, las cuestiones europeas son complejas y conocerlas exigen un esfuerzo que nunca estamos dispuestos a afrontar. Identificamos a la UE como un lugar lejano, extraño, lleno de privilegios para quien la gobierna, trufado de conflictos egoístas y anquilosado en su toma de decisiones. En resumen, Europa ha perdido una gran parte del glamour que tuvo para nuestra generación que siempre la identificó con libertad y bienestar. Por eso ni interesa a los electores ni preocupa mucho a los candidatos.

Los retos europeos son varios. La población menguante y con marcados signos de envejecimiento. Localización conflictiva, con avisperos al sur y al este y con flujo masivo de emigrantes. Dificultades para seguir el ritmo de los avances tecnológicos. Una industria demasiado basada en los sectores antiguos y un mercado grande pero demasiado fraccionado.

¿Tenemos líderes para gestionar tantos y tan graves problema? No. El jueves hubo Consejo Europeo y la foto de familia me deprimió. Una vez más. Cuando cayó el muro, Europa se enfrentó al grave dilema de primar sus intereses económicos, no crecer y profundizar en la unión o atender a sus principios democráticos y expandirse hacia afuera.

Eligió lo segundo, primó el imperativo democrático sobre su conveniencia económica y eso, que engrandece la idea original, le ha conducido a la arterioesclerosis, sin conseguir limpiar su fama de club capitalista y egoísta. Admitió a un número enorme de países, con grados de desarrollo demasiado dispares y políticos poco homogéneos, lo que ha colapsado la toma de decisiones y convertido en imposible la solución de los equilibrios institucionales.

Ahora, a ver quién lo arregla. Pues yo, no confiaría mucho en los diputados que enviaremos allí el día 26... A ver si hay suerte y me equivoco.