Ya no quedan tipos duros

Antonio Badillo
ANTONIO BADILLOValencia

Dejé de creer en los tipos duros el día en que vi a los melenudos de Europe cantar a Carrie con los ojos como fresas maduras y hasta amago de pucheros. Y eso que entonces ni imaginaba que Chimo Bayo acabaría anunciando planes de pensiones para un banco o una hija mía llegaría a casa con la tarea escolar de poner letra de villancico a una canción de Alaska. El gurú de la ruta del bakalao, la chica punk que rompió moldes pusilánimes, dos iconos de la contracultura al servicio de las finanzas y del portal de Belén. Afortunadamente no nos quedan tipos duros. Por eso sonrío cuando Rivera trata de aparentarlo al prometer que nunca pactará con el PSOE. Si se dan las circunstancias, no será necesario que cante el gallo para verlo renegar de sus principios bajo abracadabrantes subterfugios. Por la estabilidad de España, ya se sabe. Me troncho cuando su subalterno Cantó reata en clave local ese mismo cordón sanitario, como si quienes le escucháramos viniéramos de un pasmo cegador del intelecto similar al de su personaje en 'Siete vidas'. Me desternillo ante el discurso salvapatrias de Puig para justificar un adelanto electoral de cuatro semanas. Que si ganamos visibilidad, que si viene la ultraderecha... Todo por falta de arrojo para admitir que el sentido de la oportunidad le aconseja surfear sobre la ola del sanchismo y resguardarse así de la abstención que condenó a su colega andaluza. Me parto frente a las muecas de «esto a mí no se me hace» de Oltra en una interpretación naíf merecedora de Oscar. Y me descoyunto si pienso en ese «cuando sea y donde sea» que preludia el pretendido debate entre Bonig y Puig. ¿Algún ingenuo todavía presagia un duelo al sol a lo O. K. Corral en lugar de un diálogo entre sordos, batería de manidas consignas a quemarropa? Que viene el lobo, con be de Barcelona, diría ella; que el lobo viene, con uve de Vox, replicaría él. Aunque lo normal es que ni tan siquiera haya cara a cara, porque no nos quedan tipos duros.