À PUNT: MOTIVOS DEL FRACASO

Pablo Salazar
PABLO SALAZARValencia

No puedo enjuiciar técnicamente la televisión autonómica valenciana, primero porque no soy un especialista en la materia y segundo porque no la veo. No es que no vea À Punt, es que el concepto de 'ver la tele' ha cambiado tanto en pocos años que ya no es posible acudir a los mismos parámetros anteriores al cierre de Canal 9. Hay cadenas generalistas que tienen su público gracias a programas muy determinados pero cada vez hay más gente que ya no se pone delante de la pantalla del televisor como antaño, «a ver qué echan», con el mando en la mano cambiando de canal en canal hasta encontrar algo interesante. Para los jóvenes, esta forma de comportarse es impensable, muchos ni siquiera utilizan esa pantalla familiar sino que se recluyen en su habitación para ver lo que quieren en su móvil, en el ordenador o en la tablet, lo cual no suele incluir programas completos sino pequeños trozos, vídeos que circulan en la red con un momento divertido, una declaración interesante, una noticia espectacular, una caída graciosa... Así, esa forma clásica de abordar el entretenimiento ante la tele va quedado recluída a gente mayor a la que le cuesta más aprender los nuevos procedimientos para seleccionar emisiones anteriores, series o películas. À Punt vino a comenzar a funcionar cuando el universo audiovisual es completamente diferente al de Canal 9. Tampoco tiene ya el fútbol al que agarrarse, ya no puede recurrir a las retransmisiones de partidos y tan sólo la final de la Copa del Rey le puede dar para vivir del espejismo de un repunte de espectadores gracias a las celebraciones tras el triunfo del Valencia, pan para hoy y hambre para mañana. Se acabaron los tiempos de los despilfarros con la compra de los derechos del fútbol o con 'realities' tan polémicos como rentables mediáticamente. En realidad, el dispendio es la propia cadena autonómica en una comunidad mal financiada, que gasta por encima de sus posibilidades y que destina unos 60 millones de euros al año a una tele que apenas tiene audiencia. Y no es culpa de los buenos profesionales que allí trabajan, lo es en todo caso de la dirección política. Tampoco es cuestión de incrementar plantilla y presupuesto, como pretenden esos mismos rectores con la vista puesta en el agitprop de TV3 y sus más de dos mil empleados. Es, simplemente, que ha perdido su sitio y ahora es muy difícil que lo recupere. Canal 9 no se debería haber cerrado, o se tendría que haber hecho dentro de una estrategia para clausurar todas las teles autonómicas y acabar con el gasto desbocado en estos aparatos destinados en muchos casos a la construcción de falsas identidades nacionales, una medida impensable dado el panorama político español. Pero una vez consumado, es un error pretender repetir el modelo.