Pujol sonríe

CÉSAR GAVELA

Más de 40 millones de españoles observan el juicio del 'procés'. Desde la atalaya de más de medio milenio de unidad estatal, definitivamente forjada entre las últimas décadas del siglo XV y las primeras del XVI, contemplan el panorama. El ruido es muy grande y la inmensa ceremonia de la confusión organizada a conciencia desde la cúpula nacionalista de Cataluña a partir de 1980, va a dar uno de sus grandes frutos.

Un fruto mundial nada menos. La anhelada internacionalización del 'procés'. De ese enorme monumento al desprecio a la Constitución, a la convivencia y al resto de los españoles, muy especialmente a los compatriotas que viven en Cataluña y que no se han doblegado ante el fanatismo neocarlista. El fruto más granado de la manipulación de la historia, de la educación contaminada, de la televisión mendaz y de los sueños de tantos personajillos que sueñan con ser embajadores en Nicaragua o en Bolivia, amén de los peces gordos que irían a destinos más lustrosos. La ONU o la FIFA, por ejemplo.

Al fondo de la gran liturgia supremacista que articula la «revolución de las sonrisas», Jordi Pujol, el contumaz y multimillonario caballero que puso en marcha el invento de la secesión a largo plazo, sonríe cual Putin viejo y algo más bajo. Putin odia a la Unión Europea y trata de destruirla, con la ayuda de Trump y las redes sociales, tantas veces basureros de aversión y falsedad, al tiempo que Pujol y los suyos anhelan el desmembramiento de España. Putinpujol. Pujolputin. Salvando las distancias, pero unidos por la calvicie. Y el cinismo.

Las dos 'Pus' alientan la mentira en las aulas o en las redes, financian a pobres diablos que reproducen hasta el paroxismo las patrañas del Kremlin y las que se inspiran en la obra sociológica de un anciano urdidor y muy rico que sonríe como los clérigos mefistofélicos que nunca tuvieron nada que ver con el ejemplo de Jesucristo. Lo suyo es otra cosa: la conspiración sotanesca, que en el Vaticano secesionista de Montserrat se enlodó de pederastia. La untuosa sonrisa que encubre latrocinios y que fomenta encuadramientos sociales preñados de desprecio y de gritos de la raza. Mientras tanto, los hijos del gran 'Pu', siguen entrando en la cárcel, bonita familia cristiana y separatista.

Sonríe Pujol y sonríe Putin al ver a una vieja nación de Europa, de las más antiguas del mundo, de las que tienen un legado más universal -pensemos en los 550 millones de hispanohablantes por poner un ejemplo inapelable- emplazada por la maquinaria propagandística de los nuevos Goebbels de Cataluña. Sonríe Pujol en las faldas del Pirineo. Lo ha conseguido. Aunque, a la vez, sabe que no lo va a conseguir. Ni él ni sus entusiastas y aguerridos enemigos de la Constitución. No lo van a conseguir, nunca pudieron y ahora tampoco. La verdad y la convivencia vencerán al odio. Poco a poco.