LA PUERTA

Ramón Palomar
RAMÓN PALOMAR

En tiempos de Aznar algunos pechos se abombaron en exceso por el orgullo de los datos económicos y se habló de ampliar el G7 a G8 para que España, aquella España anabolizada que ya se creía rica para siempre, pudiese militar en tan selecto club de gerifaltes. Al final el asunto no prosperó y poco después llegó la gran caída, con lo cual, los sueños de grandeza se esfumaron y nuestro pecho pasó del tamaño del de Robert Mitchum, imponente pectoral el suyo, al de un mozalbete del siglo XIX aquejado de tuberculosis.

Quiero creer que el error de un español viajero allá en un aeropuerto alemán no es sino una venganza cósmica, poética, por el trato de comparsa que solemos recibir por parte de los que se incrustan en la primerísima élite que domina el mundo. Merkel, Macron, Trump, el japonés que no sé cómo se llama, en fin... Pero luego irrumpe un compatriota despistado, acaso amodorrado por el jet-lag, que el tipo regresaba de Bangkok y con la humedad que hay allí no veas cómo se achica la energía, abre una puerta tras salir del cuarto de baño y se monta un pifostio increíble. 130 vuelos cancelados, colas interminables, la pasma teutona taponando esa «brecha de seguridad». Aprended, líderes de los países ricachones, de la tormenta que puede sembrar un españolito durante un trance de confusión por culpa de una puerta mal cerrada. Más respeto, pues, y menos humos que tienden a despreciarnos por aquello de que todavía repta la mala publicidad fruto de la leyenda negra. «Desconfiad de una puerta entreabierta», comentó un escritor hiperventilado de lirismo en un arrebato creativo. La cruda realidad nos ha proporcionado una puerta sellada de fácil acceso que ofrecía un pasaje hacia el infierno del caos. España, de nuevo, en la brecha. Y qué buen broche liarla así de parda para finalizar las vacaciones.