El pueblo valenciano

PEDRO CAMPOS

Me encanta vivir en un pueblo. El tiempo, que se acelera cada día más, se aprovecha mejor entre calles conocidas y aceras pisadas. La gente se conoce, se ayuda, se avisa de las noticias importantes. Siente orgullo de su vecindario y del pequeño territorio que habita. El valor colectivo como sociedad se amplifica en los pequeños formatos. Justo es de lo que carece el pueblo valenciano. Desunido, distanciado, desconectado. El carácter mediterráneo es tan fantástico para disfrutar como letal para anudar a una ciudadanía. Ya el nombre no ayuda. Comunitat Valenciana. Título que repele a castellonenses y alicantinos. Ellos no se sienten valencianos, no por su ubicación sino por denominación. A esto hay que añadir que unos la llaman Comunitat, otros País y los demás Regne. Históricamente ha sido casi misión imposible articular un grupo político local. Unión Valenciana sobrevivió mientras González Lizondo mantuvo el empuje, pero se circunscribía casi exclusivamente a la provincia central. Lógico. El apellido del nombre no ayudaba. Ahora Compromís está asentada, con la visibilidad que le da tener un diputado en el Congreso y poder en el Consell, pero su trasfondo ideológico ahuyenta a muchas personas. Es tan escaso el poder valenciano en la capital que no hay manera de arrancarle al Gobierno de turno una reforma de la financiación y que haya una compensación por la injusta deuda histórica. Para quien no lo sepa, la Comunitat es la región de España que menos dinero recibe por habitante. Luego están los que no saben a quién acercarse: unos piensan que unirse a Madrid podría ser beneficioso; otros creen que Cataluña siempre saca rédito de sus quejas y que sumar fuerzas ayudaría. La única solución sería la unión del pueblo valenciano. Que se haga. Igual no es tan difícil.