PROVINCIAS Y COMARCAS

CÉSAR GAVELA

Cada cierto tiempo reaparece el empeño de la comarcalización valenciana, que suele ir unido a la quimera jurídica de pretender eliminar las provincias. Un anhelo condenado al fracaso porque las demarcaciones provinciales no van a desaparecer. Para ello habría que cambiar la Constitución y pasar por encima del sentimiento de decenas de millones de españoles, que sienten una profunda vinculación con sus territorios provinciales. Son referentes muy queridos por sus ciudadanos. Y, sin duda, insustituibles.

Las tres provincias valencianas son tres mundos. Cercanos pero distintos. ¿Alguien piensa que tales prefecturas y sus diputaciones van a diluirse en el mapa autonómico? No hay la más mínima posibilidad legal que ampare tal empeño. Las provincias valencianas son mundos centrípetos, particularmente la de Alicante, y, como mucho, aceptan y negocian su cotidiana pertenencia al entramado autonómico, que viven con escaso entusiasmo pese a los casi 40 años transcurridos desde su puesta en marcha. Y poco más. Por otra parte, las diputaciones conocen mejor que nadie sus geografías y saben que son imprescindibles para atender a sus municipios más pequeños. Aunque su prestigio sociológico va mucho más allá de la realidad administrativa. De ahí que gocen de buena salud y de buena perspectiva por mucho que los gerifaltes nacionalistas y centralizadores en clave regional, estén empeñados en arrinconar y enflaquecer tales instituciones. Que lo están.

En cuanto a la comarcalización, que es otro debate permanente y cansino, tal vez habría que matizar. Una cosa es imitar esa red cara y redundante que han labrado en Cataluña, con sus consejos y sus minigobiernos comarcales, y otra es fortalecer la acción pública en aquellos municipios valencianos más depauperados y en riesgo de despoblación, que por otra parte, no son tantos. Por ello, parece razonable que Ademuz, el Alcalatén y pocas geografías más, tengan un apoyo adicional por parte de las instituciones. ¿Con una comarcalización? Pudiera ser. Pero, tanto con ella como sin ella, lo que importa es la atención pública en tales lugares. La lleve a cabo la Generalitat, la provincia o una mancomunidad de municipios. Lo que importa es ayudar a las personas, darles oportunidades. Llevamos cuatro años escuchando que el nuevo gobierno trabaja para la gente: pues que lo haga. Sin embargo, es más que probable que el diseño comarcalizador no se plantee pensando en la gente, sino más bien en los intereses de los políticos de medio y bajo rango. Donde las comarcas, más que para dar servicios, se configurarían de facto como herramientas para la difusión del nacionalismo. Parapetos jurídico-cartográficos para la mayor gloria de personajes secundarios que se conformarían con ser cabezas de ratón. De ratón soberanista, eso sí.