PROVINCIANISMO CAPITALINO

JOSÉ RICARDO MARCH

SILLA DE ENEA

Cuando doña María Moliner incluyó el término 'provinciano' en su imprescindible diccionario de uso del español expuso que dicho vocablo, en ocasiones, «tiene significado peyorativo, como atrasado, poco desenvuelto o asustadizo ante la manera de vivir en la ciudad». Esta visión, ampliada por el diccionario canónico de la lengua española (que expresa que 'provinciano', en su cuarta acepción, es alguien o algo poco elegante o refinado), denota que desde su aparición en escena el término ha gozado de gran aceptación para definir lo supuestamente opuesto a la finura, elegancia e inteligencia propias de la villa y corte. Encontraremos pocos testimonios mejores que los literarios para seguir el rastro del adjetivo, curiosamente empleado con frecuencia por autores nacidos fuera de Madrid y establecidos allá: así, Galdós y Clarín lo utilizan a menudo en sus obras. En la trepidante 'César o nada' de Baroja, el protagonista rechaza estudiar en Valencia porque «una ciudad de provincias es una cosa insoportable». Incluso nuestro querido Blasco Ibáñez, tan de moda en los últimos tiempos, define en un par de pasajes de 'Entre naranjos' a su protagonista, Rafael Brull, como un «pobre provinciano» en contraposición al cosmopolitismo de su amante.

Esa tendencia a etiquetar como irrelevante y burdo el valioso acervo que se extendía más allá de los palacios y casas nobles de la capital denotaba entonces la existencia de cierta mentalidad colonial en la construcción mental del habitante de la capital. Y tenía una razón política, como todo en esta vida. En el XIX la provincia, que el liberalismo inventó siguiendo el modelo francés para vertebrar el estado, no se concebía sino como una sucursal de la capital, dirigida por un gobernador a las órdenes del poder central. Resultaba lógico, pues, que de aquella ordenación del territorio derivara en poco tiempo una concepción de abierta desconsideración hacia los que se consideraba destinados a lo servil. Aunque en el XVI Cervantes ya caricaturizaba a los vizcaínos por su forma de hablar, en los siglos XIX y el XX esa burla se convirtió en franco desprecio. Las élites de la llamada periferia se formaban en la capital del reino, en la que muchas veces terminaban viviendo y en cuya rueda acababan corriendo. El lugar de origen se convertía, a ojos de estos nuevos cortesanos, en un lugar prescindible. La tierruca o la terreta, rústica y entrañable, solo valía para pergeñar el poemita enternecedor o la obrita costumbrista de turno.

Lo curioso de todo esto es que siglo y pico después de su asentamiento en nuestra lengua, el término 'provinciano' sigue vivo con el matiz peyorativo a pesar de los profundos cambios que se han producido en la sociedad española. Hoy en día se emplea habitualmente desde Madrid para etiquetar todo aquello que les molesta. Y es mucho. Es curioso que se obvie que esa misma capital no es sino otra provincia más, repleta de antiguos emigrantes y sus descendientes, si bien percibida, por la presencia allá de las instituciones del estado, como un ente superior, intocable e infalible. Las viejas conductas de altivez decimonónica han sido amplificadas por la egolatría del paisano y los mal llamados medios nacionales. Se sigue ignorando y despreciando lo que hay más allá de Vallecas. O de Getafe, que viene más al caso. Y el converso y sus correas de transmisión aplauden acríticamente sin pararse a reflexionar sobre por qué lo hacen. Por todo ello, si estos días lee o escucha un 'provinciano' cargado de maldad y dedicado al Valencia no se moleste demasiado. Porque el verdadero provincianismo es el que viene desde Madrid. El que repite el insoportable latiguillo del Levante español. El que nos moteja con el habitual «llorón» mientras berrea a moco tendido. El que critica las conductas y formas que luego practica en la escena internacional. El provincianismo capitalino.