Un protagonista inesperado

Muchas reglas de juego acuñadas durante el bipartidismo han dejado de ser aceptables en una democracia más madura y en una España más plural

CARLOS FLORES JUBERÍAS

La campaña electoral que en estos días consume sus últimas horas ha tenido desde incluso antes de echar a andar un protagonista inesperado. Uno cuyo nombre no aparecerá en las papeletas que los electores hallarán en sus colegios el domingo, pero cuyas decisiones han determinado en no poca medida las estrategias de quienes sí estarán presentes en esa cita. Me refiero a la Junta Electoral Central, cuyas sucesivas resoluciones prohibiendo la exhibición de lazos amarillos en los edificios públicos de Cataluña, autorizando la utilización de las ruedas de prensa del Consejo de Ministros para dar a conocer sus decisiones, o prohibiendo la celebración de un debate electoral a cinco -por nombrar solo las más llamativas de las varias docenas adoptadas a lo largo de estas semanas- han marcado el devenir de la campaña -y quién sabe si también de las propias elecciones.

Que la Junta Electoral Central vigile de cerca a los partidos, marque a las administraciones públicas las líneas rojas que no deberían traspasar, y brinde a los medios de comunicación directrices acerca de cómo cubrir informativamente la campaña entra dentro de la más absoluta normalidad democrática. Las elecciones deben, sí o sí, sujetarse a las normas que garantizan la igualdad entre los contendientes, la neutralidad de los poderes públicos, y la profesionalidad de los medios. Pero que las decisiones de la Junta hayan sido tan numerosas y, en ocasiones, tan controvertidas, revela a mi juicio que el marco normativo al que se ajustan quizás no sea tan claro como cabría suponer, y que tal vez éste no se adecúe a la realidad política de la España de hoy tanto como sería deseable.

En efecto, creo que pocos dudamos ya que prohibir la realización de actos de proselitismo político por parte de los partidos antes del inicio de la campaña resulta absurdo en un momento en el que hasta un adolescente con un móvil puede convertirse en 'influencer' de la noche a la mañana; que vetar la publicación de sondeos electorales durante los cinco días anteriores al de la votación resulta impropio de una sociedad madura como la nuestra, amén de incongruente con un régimen de garantía de la calidad de las encuestas como el que prevé la propia Ley Electoral; que dictar a los medios de comunicación quiénes pueden invitar o no a un debate, y hasta cuál debe ser el orden al repartir los turnos de palabra, equivale a poner en cuarentena la profesionalidad de unos medios que no solo deberían ser libres para posicionarse políticamente como deseen, sino que lo son los otros trescientos cincuenta días del año; y -en fin- que la llamada jornada de reflexión es un anacronismo propio de otro siglo. Y, sobre todo, que muchas de las reglas de juego acuñadas en la cada vez más lejana era del bipartidismo, y en buena medida enderezadas a su perpetuación, han dejado de ser aceptables en una democracia cada vez más madura y en una España cada vez más plural.