Propaganda e ilusión

Como la llegada a la Luna hace medio siglo, la investidura de Sánchez lleva dentro un anhelo bañado en mentiras

Francisco Pérez Puche
FRANCISCO PÉREZ PUCHE

Me entero ahora: de las treinta horas que los astronautas del Apolo XI pasaron en la Luna y sus inmediaciones, el periodista de la cadena de televisión CBS Walter Cronkite pasó 27 dando noticias en directo. El año anterior, 1968, había estado en Vietnam para dar, en síntesis, el titular de que Estados Unidos iba a perder esa guerra; luego, de regalo, tuvo que contar dos monstruosas noticias más: los asesinatos de Martín Luther King y Robert Kennedy.

El viaje a la Luna tuvo una parte de propaganda y otra de ilusión colectiva. Cronkite, aún a riesgo de ser un instrumento de la política, incluso de ayudar a un tipo tan poco fiable como Richard Nixon, se aferró a la segunda alternativa: su país, la gente corriente, necesitaba que algo saliera bien, que hubiera en los telediarios algo positivo, estimulante, con ribetes de nobleza y heroicidad.

Releer cincuenta años después las crónicas de Oriana Fallaci sobre el Apolo XI lleva a conclusiones parecidas: Saragat y Leone, De Gaulle y Pompidou, no eran mejores a la hora de ilusionar a una sociedad que se llenaba de jóvenes que exigían «otra política»... Y ni que decir tiene cómo estaba el patio en España, con el almirante Carrero como alternativa: la aparición en escena, en julio de 1969, del Príncipe de España, fue más una nueva fuente de dudas que una seguridad.

Pero, cincuenta años después, pienso que los pueblos necesitan ilusiones y que la llegada del hombre a la Luna, frase para la historia incluida, fue una gran inyección de ilusiones servida en una fuente de adorable propaganda. Millones de personas, sin embargo, consumimos con gusto lo que terminó siendo un gran acto de fe en el dominio de la tecnología, la varita mágica que iba a hacer mejor la vida y la convivencia de la humanidad a poco que nos esforzásemos.

En plena era de Instagram asistimos ahora a un ritual tedioso, el de la investidura del presidente Sánchez, que ofrece un 5% de pechuga de ilusión en una abundante salsa de propaganda. Sabemos que todos los partidos abusan de nosotros y nos sirven raciones de manipulación política cargadas de colesterol; sabemos del pie que cojean todos y de la necesidad que tienen de asentarse y crecer. Por saber, hasta Pablo Iglesias sabe que no puede tener un ministerio; no porque al Ibex 35 le resulte más o menos incómodo, sino porque la Unión Europea y la OTAN no lo van a permitir.

De ahí que de entre el mojete de propaganda, no son pocos los que intentan aferrarse a la ilusión. Soñamos con que la política sea capaz de resolver un crucigrama irritante a sabiendas de que eso será bueno para la estabilidad y la cordura. Que algo le salga bien a España alguna vez, nos decimos en lo más hondo de la siesta. Es lo que quería Conkrite, el moderado, que se atrevió a gritar en el telediario cuando el cohete despegó aquella mañana hacia la Luna.