De promoción

FELIPE BENÍTEZ REYES

Un político en campaña está obligado a comportarse como los antiguos vendedores a domicilio de enciclopedias, que sabían de sobra que nadie necesitaba una enciclopedia y podía vivir feliz sin ella, tan ignorante o tan sabio como antes de hacerse con una, pero el problema era que quien necesitaba la enciclopedia no era el comprador, sino el vendedor, que iba a comisión de la casa editorial, de modo que la desidia ajena por la sabiduría le costaba al pobre hombre no sólo tiempo, sino también dinero, tanto el que gastaba en ir por el mundo como el que dejaba de ganar tras su vagabundeo de encantador de eruditos potenciales. Aun así, a sabiendas de que las enciclopedias acabarían siendo un trasto más o menos decorativo en el mueble del salón, junto a la figura de porcelana, la cristalería suntuaria y tal vez una virgen de plástico fosforescente, el vendedor errante hacía que el cliente potencial se sintiera como un miserable y como un ceporro si no le compraba el producto, por el cual podría conocer datos tan emocionantes como el índice demográfico de todas y cada una de las islas de Malasia o bien los aspectos científicos que una persona ilustrada debe manejar sobre el estroncio o la malaquita.

Si la cosa se ponía difícil, el vendedor en cuestión recurría a un argumento sentimental: los hijos. Una enciclopedia resultaba imprescindible para asegurar el porvenir de los hijos, pues una casa sin enciclopedia era algo así como una choza del pleistoceno. Unos hijos criados sin el amparo de una enciclopedia estaban condenados al fracaso. Había, además, otra razón de peso: la diversión de la que se los privaba, dada la inclinación natural de los niños a leer enciclopedias, para enterarse de lo de Malasia y de lo de la malaquita, entre otras informaciones trepidantes.

En campaña, los políticos no venden enciclopedias, claro está, porque era ya lo que nos faltaba, sino algo más barato y más abstracto: futuro. Un futuro utópico que nunca llega y que se convierte en un presente cíclico, pero eso nunca ha sido impedimento para el futuro, que cuenta entre sus características esenciales la de no tener futuro, como les pasaba a los niños en esas casas desoladas en que no había una enciclopedia.

Los partidos políticos no se toman ya la molestia de buzonear sus respectivos programas electorales, desde la certeza de que esos programas son como las enciclopedias: algo que no sólo no lee nadie, sino que nadie se toma siquiera la molestia de consultar, de modo que han optado por suplir los programas con eslóganes promocionales, el razonamiento ideológico con fotos retocadas y el debate con trifulcas.

De aquí a unos días, ellos estarán hartos de la campaña y nosotros estaremos hartos de ellos. Pero, mientras tanto, y en la medida de lo posible, disfrutemos de la fiesta.