Prohibido prohibir

AGUSTÍN DOMINGO MORATALLA

Hace cincuenta años, por estas fechas, París estaba lleno de barricadas. En pocos días, los estudiantes y obreros pusieron en jaque el gobierno de Pompidou y la presidencia del venerable De Gaulle. Era la primera vez que las imágenes de manifestantes levantando adoquines de las calles, construyendo barricadas y enfrentándose a la policía, anunciaban la posibilidad de un cambio revolucionario. Han quedado para la historia como «generación de Mayo del 68» y los recordamos con el lema: «prohibido prohibir».

Es tan paradójico y contradictorio como aquellos de «seamos realistas, pidamos lo imposible» o «la imaginación al poder». Esta revolución, que se quedó en violenta revuelta, estuvo liderada por jóvenes de una generación del bienestar de la posguerra que cuando se miró al espejo no se reconocía. Tuvo que inventarse a sí misma. Lo hizo con otro lema que representa el cóctel ideológico que les absorbió 'seso' y 'sexo': Marx, Mao y Marcuse. Un cóctel salvaje con el que la violencia estaba servida. La liberación que se buscaba no era únicamente laboral sino existencial y total. Si las anteriores revoluciones habían dejado intacta la cultura, esta sería la primera revolución total, es decir, no se limitaba a las relaciones laborales porque incluía el universo emocional, estético, sexual, corporal, pulsional y libidinal.

Con ese cóctel nacía una contracultura que aún está dando sus últimos coletazos. Sin el mínimo sentido de la responsabilidad histórica, esta generación se propuso destruir una economía de mercado que a los pocos meses acabó devorando esta creatividad salvaje y que, enlatándola o encartelándola, la transformó en decorativo objeto de consumo. Se propuso destruir el principio de continuidad que hilvana la vida de las tradiciones con el principio de ruptura de cualquier institución del sistema social. Por primera vez, la revolución dejó de ser solidaria, austera y virtuosa. Se enorgullecían de ser una generación hedonista y la emancipación femenina se convirtió en un problema básico de la agenda pública.

No resulta difícil constatar que aquellas gafas leninistas y maoístas con las que se interpretaban la historia y la vida aún se siguen utilizando en siglo XXI. Las propuestas de esta contracultura animan la formación de maestros, profesores y profesionales de todas las áreas de conocimiento. Esta contracultura de la irresponsabilidad sigue viva en numerosas propuestas de política cultural y educativa cuando nuestros compañeros ridiculizan, minusvaloran, banalizan y desprecian el valor de la familia, la tradición, la cohesión social y la virtud cívica. Muchos padres no se deberían sorprender cuando sus hijos escolarizados les recuerdan que la estabilidad emocional, la higiene del hogar y los hábitos de vida saludables son prácticas patriarcales y represivas que impiden la liberación total.