Progresistas contra el progreso

Nuestra izquierda se ha dejado deslumbrar por la mercadotecnia de ciertos grupos de interés

CARLOS FLORES JUBERÍAS

Si alguien me preguntara qué es exactamente el progreso no creo que fuera capaz de dar una definición concluyente. Pero intuyo que sea cual sea la definición que le demos al término, éste debería incluir de alguna manera la idea de la extensión -o hasta la universalización- del bienestar: que cada vez más gente viva más y mejor. Que lo que hasta hace unas pocas décadas era un privilegio reservado a unos pocos, sea ahora accesible a todos, con independencia de su nivel de rentas.

Por eso me sorprende la recurrencia con la que de un tiempo a esta parte esa izquierda teóricamente progresista ha empezado a promover o secundar medidas que van cabalmente en contra del progreso, entendido en esos términos, y que tiene a los más desfavorecidos como sus principales víctimas.

¿Alguien necesita ejemplos? Allá va uno: los recurrentes ataques al turismo que con exquisita puntualidad protagonizan cada verano los gobiernos del cambio y sus palmeros. Ataques que indefectiblemente acaban señalando con el dedo a mochileros, asiduos de albergues y pisos turísticos, usuarios de aerolíneas de bajo coste y otros 'desharrapados', pero que en cambio nunca tienen por destinatario a eso que eufemísticamente llamamos 'turismo de calidad'. Y que no es otra cosa que el turista rico de toda la vida.

¿Otro? El de las también recientes diatribas de Naciones Unidas -esta vez con el acompañamiento coral de ecologistas, veganos y demás fauna (con perdón de la palabra)- contra el consumo supuestamente insostenible de carne. De nuevo, una práctica que hasta hace no demasiadas décadas era un privilegio de las clases dominantes -el común de los mortales con suerte podía echarle un pedazo de tocino rancio a las lentejas, o abatir algún pichón si la puntería era buena-, que con el tiempo y la extensión de nuevas formas de cría llegó a extenderse a gentes de toda extracción social, y que ahora algunos proponen que vuelva a convertirse en un lujo minoritario.¿Un tercero? La subida de los precios del diesel, y de la tributación de los vehículos que lo consumen. Durante décadas la opción favorecida por los trabajadores del transporte -camioneros, taxistas...- y la industria pesada por su menor coste y mayor durabilidad, son cada vez más los gobiernos de filiación progresista que están poniéndole cerco por su supuestamente desproporcionada contribución a la contaminación atmosférica, al tiempo que promueven ayudas e incentivos para la compra de vehículos eléctricos de los que solo acabaran beneficiándose los urbanitas acomodados capaces de costearse uno.

¿Simple casualidad? No lo creo. Más bien me inclino a pensar que parte de nuestra izquierda se ha dejado deslumbrar por la hábil mercadotecnia de ciertos grupos de interés, que han sabido barnizar de progresismo sus muy lucrativas agendas para vendérselas como si de ellas dependiera el futuro de la humanidad. Mientras sus electores de siempre, la clase trabajadora, contempla cómo se les escurren entre los dedos conquistas sociales que creían aseguradas.

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