La procesión va por dentro

ESTEBAN GONZÁLEZ PONS

Por qué en una España que poco a poco va siendo menos católica, sin embargo, la Semana Santa acontece cada año con más participación y resonancia mediática? Curioso, ¿verdad? Pues porque, y que no se enfade nadie, la Semana Santa se está convirtiendo en otro carnaval más. Falta poco para que un Ecce Homo, un Crucificado o una Dolorosa, lance caramelos al aire como las carrozas de la cabalgata de los reyes magos. El caso es disfrazarse según convenga a cada época del año. Ya sea de moro, cristiano, monstruo, zombi, Papá Noel, Arlequín con antifaz, drag queen, fallera, fallero, nazareno o nazarena, nos pasamos la vida disfrazados. El éxito de la Semana Santa corre parejo a su desacralización, hasta tal punto que se discute seriamente por qué no se fija en el calendario según la conveniencia laboral y no según las fases de la luna. La Semana Santa ya es más un espectáculo público, un reclamo turístico, que una celebración religiosa.

Me inquietan las tomas repetidas hasta la saciedad en los telediarios de niñas y niños luciendo sus túnicas y capuces morados o negros de nazarenos. Nada hay más contrario al espíritu de la pasión y muerte de Jesús que la felicidad de un chiquillo presumiendo de traje nuevo. Los nazarenos son penitentes que purgan sus pecados y que hasta Carlos III se autoflagelaban, ¿cuánto pues se ha trivializado el sentido original de la pasión de Cristo para que ahora se reviva como si fuera un baile de máscaras? Incluso en Wallapop se venden pasos y tronos para quien le apetezca festejar una Semana Santa y no tenga con qué procesionar. Hace muchos años asistí a las Turbas de Cuenca, creo que por entonces religión y borrachera habían empezado a hacerse compatibles.

Soy católico, pero como Machado no adoro a ese Jesús del Madero, sino al que anduvo en la mar. Y aun así creo que nos equivocamos permitiendo que todas las tradiciones religiosas acaben en la misma fiesta. Que al final no recordaremos qué se conmemoraba. Da igual que sea Nochebuena, Pascua o San Juan porque el turrón, las torrijas, los huesos de santo o la limonada, ya se toman cada día del calendario. Para mí valdría una Semana Santa menos multitudinaria y dirigida a los que la sienten de verdad.

Piluca, buscando el sol, se ha encontrado con el diluvio en Jávea. Eso sí que es una penitencia. Ayer hice un alto en la campaña, fui a visitarla y, viendo llover a cántaros me dijo: «La procesión va por dentro». Así es, hace una semana se incendió Notre-Dame, aunque el mayor daño se lo harán los arquitectos que ya sueñan con reconstruirla y embellecerla poniéndole no sé qué leches de cúpula de cristal encima. La religión, como el cabreo de Piluca, va por dentro y, si te quedas sólo con lo que hay a la vista, con los tambores, la jerga cófrade y los señores vestidos de romano, acabas no entendiendo de qué te ríes o por qué lloras.