PRESUNTO CHOLLAZO

RAMÓN PALOMAR

Con el cierre del último videoclub Broadway que resistía en nuestra ciudad se padece un vuelco de memoria como cuando alguien nombra a una vieja gloria del folclore y entonces preguntas candoroso lo de «ah, ¿pero seguía viva?». Ese último videoclub era la aldea de los galos frente a los romanos o el sueño descalabrado que acaso fertilizaba el coleccionismo de un puñado de heroicos frikis. Pero crecimos a la sombra de esas tiendas y completamos nuestras lagunas cinéfilas gracias a las cintas VHS. Honor y gloria para esos videoclubs de barrio, pues. El tío de un amigo mío abrió uno durante el apogeo del negocio. «Esto es un chollazo para toda la vida, ahora podré jubilarme sin problemas», dijo el hombre. Pero las industrias longevas ya no existen y la desbocada evolución de nuestro sistema, los apetitos de la sociedad, el progreso de las maquinitas, descuartizan los proyectos que se intuían duraderos y quiebran los anhelos de tranquilidad pequeñoburguesa. Gracias al videoclub de mi zona disfruté 'El halcón maltés' o el 'King-Kong' de Merian C. Cooper. Y la trilogía de Sergio Leone con Clint cabalgando por Almería. Sólo un pecado manaba de esos comercios: la pérfida obligación de devolver las películas. Nunca encontrabas el momento oportuno y cada día de retraso la pequeña multa aumentaba. Si la tardanza superaba el mes decidías no reaparecer y cambiar de videoclub, pero aquel paso te sumía en una suerte de melancolía como de pareja rota porque, si eras un habitual, un veterano, establecías relación de afecto con el encargado. Gracias a una de esas amistades me rebajaron la deuda y nunca olvidaré el perdón hacia mi morosidad teñida de pereza. Recuperar mi videoclub original me colmó de dicha. Cerraron videoclubs y abrieron yogurterías. Las cintas me nutrían pero los lácteos se me atragantan.