EL SUSTO

Ramón Palomar
RAMÓN PALOMAR

Nos encantaría que el planeta tierra fuese un lugar poblado por seres bondadosos ocupados únicamente en conseguir la felicidad del prójimo rociando una lluvia de pétalos de flores sobre las chepas ajenas, pero por desgracia no es así. William Burroughs, el escritor de la insoportable técnica «collage» de la generación «beat» dejó escrito en su novela «Yonqui», más o menos, que «siempre que exista un yonqui encontraremos a otro tipo dispuesto a venderle su dosis». Sabía de lo que hablaba pues sufrió la esclavitud de la heroína durante más de medio siglo. En un ejemplo de longevidad increíble llegó a nonagenario con la aguja a cuestas. Con el tráfico de armas también prodríamos aplicar esta máxima. Repele mercadear con instrumentos que siembran destrucción y reparten muerte, desde luego, pero en el mundo real, cuando un señor pretende comprar su ración de fuego, si no vendes tú las brasas otro lo hará. En el mundo real, imperfecto, cruel y egoísta, si te dedicas a gobernar un país conviene tener en cuenta que las decisiones y las acciones rebotan contra tu mandíbula provocando desperfectos indeseados en una serie de consecuencias acaso fruto de la bisoñez, la precipitación o la mala cabeza. Una ministra pelín imprudente se cargó el sector del diésel y las fábricas del ramo, así como sus operarios, tiritan espeluznados. La machada buenista de no vender cuatrocientas bombas a los saudíes ha provocado un susto mayor: que anulen el jugoso contrato de cinco corbetas que tanto empleo producen a nuestros astilleros. Las utopías se disipan cuando chocan contra la pura realidad, como dijo un poeta sensato. Incluso Kichi, el alcalde podemita de Cádiz, asegura que si para comer hay que vender armas, pues se venden. La salvaje realidad, qué remedio, se impone frente a los delirios tontorrones.

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