la finca de aznar

María José Pou
MARÍA JOSÉ POU

No sé si imaginarme a los ministros jugando al paintball o sentados sobre cojines en una sesión de meditación, pero sé que algo de eso habrá en el retiro que tiene previsto celebrar Pedro Sánchez el próximo fin de semana. Dicen que ese tipo de actividades de grupo son buenas para consolidar el equipo pero, por experiencia, sé que muchas veces la convivencia estrecha durante días revela lo peor de cada uno. Si los ministros y ministras solo se encuentran en la Moncloa una vez a la semana y tratando cuestiones de su negociado, no ha lugar a desesperarse porque a una le cueste madrugar o porque otro necesite dos horas para acicalarse. Pero si comparten más de 24 horas en un mismo lugar sin poder huir es posible que empiecen a mirarse unos a otros de una manera distinta. Quizás así nacieron las traiciones de los ministros antiSoraya que vimos durante las primarias del PP. En cualquier caso, resulta curiosa la continuidad que Sánchez está dando a los escenarios preferidos por los presidentes anteriores. Como Felipe González, escogió Doñana para sus vacaciones, y como Aznar, eligió la finca de Quintos de Mora para su retiro de preparación del curso. Solo le falta abandonar el running y pasarse a la marcha por los bosques gallegos para completar el triplete copiando a Mariano Rajoy. En lo que también se parece a algún predecesor es en la afición por el decreto-ley, una solución de urgencia para un asunto que lleva más de 40 años enterrado. Literalmente. Será que las prisas no tienen que ver con el pasado, atado y bien atado, sino con el futuro indeterminado y dudoso que tiene el ahora presidente. 40 años no son nada, pero unos meses pueden serlo todo para quien no tiene asegurada la continuidad. Ni siquiera al frente de su partido a poco que fracase con estos fuegos de artificio.

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