Si hoy en día existe un vocablo profusamente utilizado es el de la «posverdad», como uno de los elementos característicos de nuestra sociedad contemporánea. Muchos ignoran su significado lingüístico, por no hablar de su sentido filosófico. La última edición del Diccionario de la Real Academia de la Lengua la define como «distorsión deliberada de una realidad, que manipula creencias y emociones con el fin de influir en la opinión pública y en actitudes sociales». En otras palabras, emplear medios arteros para deformar la verdad, mentir. Ya lo expresó nuestro insigne hacedor de versos Antonio Machado: «¿Dijiste media verdad? Dirán que mientes dos veces si dices la otra mitad». Porque más allá de la verdad, detrás de ella ('pos') no hay más que falsedad y disimulo. La «posverdad» hija de estos tiempos posmodernos que anteponen la emotividad y el subjetivismo a cualquier criterio de razonabilidad, dando culto al individualismo y la falta de compromiso social, no es más que la consecuencia de ese nihilismo tan incrustado en la mentalidad actual que niega un fundamento objetivo a todo principio religioso, moral o social.

No cabe duda que prefijos o sufijos como «pos» o «ismo» -esos terribles «terminachos» de los que hablaba Unamuno ('Contra esto y aquello')- han venido a alterar o difuminar el sentido de determinadas palabras que hasta hace poco tenían una significación clara y diáfana. Es el fenómeno que se ha venido en llamar «neolengua» que no es simplemente incorporar al idioma cervantino nuevas palabras o acepciones de las ya existentes, lo que es consustancial a toda lengua viva. Consiste en ideologizar el lenguaje, en variar la significación de vocablos abusando de polisemias y eufemismos. Con ello se consigue difuminar, velar, el sentido propio de aquéllas. El objetivo es crear en la sociedad civil a través de la opinión publicada (prensa escrita, tv o redes sociales) una apariencia de verdad. Un ejemplo son las «fake news», tan de actualidad. Las cosas no son realmente como son sino como se decide que sean, como se nos cuentan. O dicho de otra manera, ya no sirve siquiera el principio afirmado por Ortega y Gasset acerca de «que el hombre no es lo que es sino lo que hace»; el hombre es, sencillamente, lo que 'desea ser'. Esas falsas noticias que se expanden rápidamente por nuestra sociedad, aunque combatidas y desmentidas, causan un daño difícil de reparar, contribuyendo a esa subjetivación de la verdad.

Es este nuevo antropocentrismo que hunde sus raíces en aquellas mentes ilustradas del siglo XVIII que dieron paso a una serie de ideologías, han mutado con el objetivo claro de proseguir y ahondar en la secularización de la sociedad, reformulando gran parte de sus ideas. Así hacen del relativismo su santo y seña, su signo de identidad de una sociedad caracterizada por lo que el filósofo italiano Gianni Vattimo ha calificado como de pensamiento débil, en la que el hombre aparece como un ser sin valores o ideas fijas, acrítico, conformista, que debe rechazar toda verdad absoluta. No hay tiempo, ni se pretende que lo haya, para discernir y ejercitar la crítica sobre la información que se nos traslada. Esa «posverdad» que se nos quiere imponer nos invita a seguir el consejo del conocido verso de 'Las Odas' de Horacio, cuya parte final suele omitirse: 'Carpe diem, quam minimun crédula postero' (aprovecha el día, no confíes en el mañana). Por ello, los dogmas y la moral de la religión cristiana son inadmisibles. La verdad que ellos representan ha sido desplazada por esa «posverdad», sin certezas ni principios axiomáticos. Las convicciones personales, sean religiosas o políticas, se perciben como una amenaza, como muestra de un comportamiento reaccionario imposible de convivir con esta sociedad líquida cuyos valores se adaptan como los fluidos a cualquier propuesta o idea, sin detenerse en considerar si es buena o provechosa para la comunidad en su conjunto. En el ámbito religioso ello se plasma, como certeramente ha puesto de manifiesto el sociólogo norteamericano Roof en ese intento actual de sustituir las verdades católicas por una espiritualidad, un sentimiento interior, que puedes vivir como quiera que la percibas en tu mundo, en tu mente; es lo que entra en ti y te eleva y te mueve a ser mejor, una persona más abierta.

El pensamiento posmoderno y su retoño aventajado la «posverdad», no son simplemente un paso más, una superación de una etapa anterior, la modernidad. Suponen un verdadero cambio de paradigma, una ruptura respecto de ésta. No se razona. La objetividad, desvirtuada por un mal entendido igualitarismo, se convierte en una quimera. No existe la verdad, sino que existen muchas verdades más o menos discutibles. El concepto de verdad se ha convertido en polisémico.

Todo se cuestiona o es objeto de relativización. Lo importante son las emociones. Cuanto mayor emotividad despierte un hecho más se es proclive a tenerlo como cierto. Lo importante no es el hecho en sí tanto como la valoración que se hace del mismo. Ejemplos cercanos en el tiempo tenemos en España, tanto en el ámbito judicial como en el político.

Muchos de ustedes recordaran la deliciosa obra de Lewis Carroll, 'Alicia en el País de las Maravillas' (1865) y su continuación, 'Alicia a través del espejo' (1872). En esta última se describe una escena cuyo protagonista es Humpty Dumpty (Zanco Panco) que representa muy bien, a mi modo de ver, ese fenómeno de la «posverdad»: «Cuando yo uso una palabra -insistió Humpty Dumpty con un tono de voz más bien desdeñoso- quiero decir lo que yo quiero que diga..., ni más ni menos. La cuestión -insistió Alicia- es si se puede hacer que las palabras signifiquen tantas cosas diferentes. La cuestión -zanjó Humpty Dumpty- es saber quién es el que manda..., eso es todo». Y así es efectivamente. Incluso en las sociedades democráticas de hoy en día como la española, quien ostenta el poder puede caer en la tentación -y de hecho cae, de instrumentalizar la verdad, para imponer «su verdad», legitimando de este modo ese pensamiento posmoderno. La ley de la Memoria histórica es un clarísimo ejemplo de ello, ya que supone un verdadero oxímoron, una contradicción de términos ya que la memoria es siempre individual, nunca colectiva y por tanto subjetiva. El poder político se ha instalado en la «posverdad», desarrollando su acción de gobierno, tal y como proponía Maquiavelo, en el disimulo. Éste se ha convertido en un instrumento más al servicio de la política. Pero no cabe perder la esperanza. Al final la verdad, sin prefijos espurios, acaba por imponerse, al igual que lo hace la ley de la gravedad sobre cualquier otra. Un humanismo bien entendido que fomente la formación en valores (ética) y la educación de la ciudadanía (espíritu crítico), servirán de seguro antídoto contra esta lacra de la «posverdad» que, como en su momento señaló Benedicto XVI, transforma la verdad en un yugo que resulta demasiado pesado para nuestras espaldas y del que hemos de intentar librarnos, porque la libertad obtenida de ese modo «nos lleva a la tierra desolada de la nada, con lo cual se destruye por sí misma».