POSIBLES IMPOSIBLES

JOSÉ MARTÍ

El cierre del mercado de fichajes no ha deparado sorpresas en el entorno granota. Las salidas con calzador para hacer hueco a codazos a Duarte y Radoja han sido las previstas. Poco más. Ahora solo falta verlos jugar. No ha habido grandes nombres en fichajes, aunque eso importe poco a estas alturas. Ya no nos hacen falta Wilkes, Cruyffs o Mijatovics para llenar el campo. Aunque ahora cualquiera tiene un nombre. También los perros. Mis padres tuvieron uno que se llamaba Kein, por el nombre original de Kung Fu, la serie televisiva, un tal Guan Chan Kein. Mi tío Amador Sanchis, llamado como el mítico jugador del Gimnástico y luego presidente del Levante, tiene otro que se llama Pelé, sobrenombre del original Edson Arantes do Nascimento. Igual ya murió. Viejo, tuerto y mal encarado. El perro. Un nombre no significa nada, como se ve. Estando en el Ciutat el otro día recibí una llamada al móvil durante el calentamiento del equipo, media hora antes de empezar (nos gusta llegar con tiempo a los sitios importantes). Me llamó un tipo saludándome por mi nombre. «Hola, Josemartí». ¿Qué tal?, le contesté al teléfono mientras intentaba adivinar quién era porque el número salía como desconocido. Y a partir de ahí empezó a contarme una retahíla de sucesos durante dos minutos. No entendía nada. Tuve que frenarlo en seco. ¿Seguro que tú y yo nos conocemos? ¿con qué Jose quieres hablar? Le pregunté con la mosca detrás de la oreja. «Con José Martí, el peluquero» me respondió. No es mi caso. Desconozco el arte de fígaro. «No eres tú, tío. Eres otro claramente», se disculpó medio enfadado y colgó. Me quedé un rato pensando qué posibilidades hay de llamar a un amigo que se llame José Martí, que te equivoques al marcar, pero que descuelgue un tipo con el mismo nombre y apellido y, según parece, de voz parecida. Pocas, poquísimas, casi ninguna. Ni siquiera en Cuba. Menos ese día. No fue lo único sorprendente. Un rato después mi nuevo compañero de asiento en esta temporada sacó un libro de su mochila y se puso a leer poesía para hacer tiempo antes del pitido inicial. Sí, poesía. En la grada de un campo de fútbol. Inaudito. Una posibilidad entre un millón. Y tuvo que suceder a mi lado. Fue el día de los imposibles porque ¿qué posibilidades hay de que los dos cambios salidos desde el banquillo -siempre tarde, Paco- sean quienes participen en el gol granota? ¿qué posibilidades existen de que la portería de Aitor hubiera acabado a cero habiendo encajado en los últimos seis partidos oficiales? ¿qué opciones hay de que el Levante siga en puestos Champions en las próximas jornadas? Poquísimas. Ninguna, quizás. Pero, mal que les pese a algunos, ahí va a mantenerse al menos quince días. Y esto, visto el juego mediocre, solo tiene tendencia a mejorar. O no.