Ponga un observatorio en su vida

En las palabras también hay modas. Ya nadie dice «marco incomparable», es tan viejuno como no lucir tatuajes

Pablo Salazar
PABLO SALAZARValencia

Con las palabras, con los conceptos y hasta con las ideas, pasa como con los tatuajes, que de repente se ponen de moda y si no te haces uno es que eres un bicho raro, un hombre de otro tiempo, un tiquismiquis que se niega a andar por donde andan los demás. Ahora ya nadie dice «marco incomparable» cuando hace pocos años era muy habitual acudir a unas jornadas y que el conferenciante comenzara su intervención agradeciendo que le hubieran invitado a participar «en este marco incomparable». Meter hoy lo del «marco incomparable» suena viejuno, como no lucir tatuajes en brazos, tobillos, hombros, espalda, muslos, dedos, palmas de las manos, cuello y otras partes que al menos en mi presencia no se vislumbran aunque tal vez se adivinan. O como criticar que se vaya a trabajar en bermudas o en chanclas. Mi ídolo de este verano se llama Federico Mollicone, diputado de Fratelli d'Italia que en una sesión del Parlamento transalpino le preguntó al presidente de la Cámara por qué los parlamentarios tienen que cumplir un protocolo de vestimenta cuando algunas mujeres acuden al hemiciclo como si fueran a un balneario a pedir una tumbona y una sombrilla. No le falta razón pero la batalla está perdida. La del buen gusto (desde hace décadas, desde que al creador del pantalón pirata no se le aplicó la ley antiterrorista) y la de las palabras. En estas últimas temporadas se lleva mucho lo de crear observatorios. Antiguamente no se creaban observatorios. O sí, pero eran otro tipo de observatorios, no estos observatorios postmodernos, progresistas, sostenibles y paritarios. Los observatorios de antes eran meteorológicos o astronómicos y como su mismo nombre indica (ob-ser-va-torio) servían para eso, para observar. El observatorio actual es otra cosa,es política 2.0, mucho postureo, mucha red social, mucho selfi para subir en Instagram del momento en que decidimos crear un observatorio porque estamos concienciados del grave problema que sufre la sociedad y nos ponemos manos a la obra para solucionarlo de inmediato. ¿Y cómo nos ponemos manos a la obra para solucionarlo de inmediato? Pues con un observatorio. El último es el Observatorio valenciano del trabajo decente. Uno se imagina ahí al responsable del Observatorio con sus asesores, su jefe de gabinete, sus secretarios y subsecretarios, sus directores generales y toda su corte asomados a una especie de balcón para observar como el vigía de los balleneros, «¡por allí resopla, por allí resopla!» pero con el trabajo decente -en este caso, el indecente- en su punto de mira, «¡por allí una empresa de economía sumergida, por allí un trabajador mal pagado!». Y con todo lo observado acabarán haciendo un libro blanco que presentarán en una mesa redonda. Lo peor de todo no es que en la presentación no digan lo de «marco incomparable», lo peor es que algunos acudirán con bermudas. O con pantalones pirata.