Políticas de ropero parroquial

MIQUEL NADAL

Fondeados en Eivissa, en la cala de Es Torrent, en el sopor de la siesta, en bucle periodístico, se confunden las noticias sobre el Open Arms, y la negativa de Salvini. Imágenes de un mar de lujo, rodeados de barcos gigantescos que generan una sensación hipnótica. El mismo mar que atraviesan motoras con un depósito millonario de combustible es el mar de las pateras que ya llegan a la playa de Migjorn en Formentera, o al Portitxol en Xàbia. La desesperación no entiende de millas náuticas. Es la realidad, y su análisis me lleva a un recuerdo infantil. Con muy pocos años, y después de dejar unas prótesis para una supuesta curvatura de las piernas en el Monasterio de Sant Miquel de Llíria, mi abuela materna me llevó un par de años, en agradecimiento, con un saco a cuadros verdes y blancos lleno de céntimos de pesetas que depositábamos en los pañuelos extendidos de la gente que mendigaba en los dos sentidos de la senda. Uno se sentía bien, satisfecho de la buena acción repetida una y otra vez, aunque años después comprendería, sin necesidad de profesión de fe marxista, que una cosa eran las causas de los problemas y otra los efectos. Una cosa era la miseria o la pobreza y otra bien distinta la desigualdad, y por mucho que uno hiciera cincuenta o cien paradas en la romería, todo aquello no solucionaba nada. La inmigración es otro de esos grandes problemas, graves, estructurales que es un efecto, porque la causa es la miseria, la pobreza, la desigualdad en África, las consecuencias del colonialismo, la corrupción, un continente fallido, mil causas que deberíamos abordar, pero que sorteamos con cinismo, mentiras y falta de humanidad, ya sea cerrando fronteras o bien abriendo las puertas, como una política sentimental de ropero parroquial, exhibiendo nuestra bondad en las redes sociales. Flujos migratorios han existido en toda la historia de la humanidad, y desde el sentimiento de dignidad y compasión que merece la sórdida situación del Mediterráneo convertido en triste fosa de los desesperados que emprenden la huida, habría que comenzar a resolver de verdad las causas de los problemas. Porque hasta el momento lo único que hacemos en esta Europa envejecida, egoísta, sin hijos, preocupada por el síndrome postvacacional y de hablar a las mascotas como si supieran gramática, es acallar la conciencia con unos pocos rescates que ejercen la misma influencia sobre la causa de la pobreza y la desigualdad que la que hacía un niño con un saquito de monedas en una senda subiendo a una ermita. Políticas que no resuelven nada pero nos dan la sensación de que nos preocupan los problemas, y nos hacen sentir superiores desde el punto de vista moral a los demás. Políticas infantiles de saquito de monedas, lamentando los efectos, sin resolver las causas. No nos interesan. Es más cómodo apadrinar políticas que simulen que se trabaja. Qué más da que no resuelvan nada.