Política y vacaciones

MIQUEL NADAL

En la vida real no se vive en funciones, como en la política. Pero las vacaciones se han consagrado como ilusión óptica para no enfrentar los problemas de la báscula, la analítica, las facturas o la investidura. El género de las redacciones escolares sobre el tema está en desuso. Las peripecias de mar o montaña ya están reflejadas en cientos de fotos de verbenas, cenas, calas y chiringuitos, con esa sonrisa de rictus que se nos pone a todos cuando posamos en las fotos digitales. Somos una sociedad de tantas expectativas que el verano se ha convertido en una prueba, un examen de experiencias necesariamente inigualables, únicas y emocionantes. La presión de dónde ir y la presión de volver, la de la rentrée, nos convierte en esclavos de cenas que se convierten en examen de gastronomía creativa, vinos bien elegidos y diferentes, y reuniones que acrediten tu ocio. Si uno a la vuelta confiesa que ya tenía ganas de inercias, de trabajar, de reencuentro con la vida ordinaria se convierte en un raro ejemplo de ser asocial. Hace tan sólo décadas, la mayoría de la gente apenas tenía un día o día y medio de descanso semanal, y las vacaciones pagadas nacieron como equilibrio entre el trabajo y el descanso. Sin embargo, hoy el ocio, el turismo y el viaje son una tiranía. Nuestra sociedad de emociones y experiencias exige que todas nuestras actividades deban responder a un relato emocionante, una experiencia, un acto místico a compartir. Beber cerveza, subirse a una bicicleta, leer un libro. Hasta trinchar un entrecot o salar la carne. Y qué no decir de un programa electoral, un acuerdo de legislatura o la Exposición de Motivos de una Ley. Exigimos mucho al descanso, y hemos perdido la habilidad de aburrirnos con inteligencia, que después los golpes de realidad en el Instituto, la Universidad, la redacción o el Congreso son letales. Si uno pregunta por el qué tal las vacaciones hay que contestar en el campo semántico de los monosílabos, sin el relato pormenorizado de los destinos. Cierta hipocresía debería ser consustancial a las reglas de urbanidad. ¿Las vacaciones? Bien, gracias, ¿y tú? Y a correr, que no es preciso más. Hay que volver a vacaciones aburridas, sin la tiranía de las emociones, sin el maratón de los festivales musicales, las fiestas de entrada en la urbanización, las del ecuador, las de las despedidas del verano, y las del regreso. Esta sociedad, en la política, en la cultura, o en la empresa, ha acabado percibiendo la vida como un eterno sueño de agosto, sin trabajo ni esfuerzo, cuando las novelas o los artículos no se escriben solos, y los proyectos políticos son algo más que el travelling con banda sonora de un anuncio simpático de cervezas. Hay que recuperar la discreción y la intimidad, rebajando con agua las expectativas. Saldría a cuenta un mundo en el que irse sabiendo que se vuelve, o volver sin haberse ido del todo. También en la política.