LA POLICÍA DE LA LENGUA

Pablo Salazar
PABLO SALAZARValencia

Mucho antes de los campos de concentración, los trenes de la muerte, las cámaras de gas y los hornos incineradores, el régimen nazi inició un hostigamiento de los judíos en las ciudades alemanas consistente en señalar los comercios y negocios que regentaban con el fin de que «los buenos alemanes» no entraran en ellos. Eso es un primer momento, que luego ya vendría aquello de apedrearlos. La táctica era bien simple, había que ahogar económicamente a una «raza inferior» a la que se responsabilizaba de la ruina y la degradación social del país. No todos los ciudadanos compartían esta siniestra campaña que estigmatizaba a un colectivo y lo condenaba a ojos de los demás, no conviene olvidar que Hitler toma el poder con poco más del treinta por ciento de los votos, pero la inmensa mayoría optó por callar, por mirar hacia otro lado, por no sentirse inmiscuidos. El miedo a las represalias actuó como el mejor aliado de este comportamiento mafioso. El final de la triste historia es de sobra conocido y no hace falta que me siga extendiendo recordándolo. Apuntar hacia un establecimiento comercial por una cuestión ideológica no es sólo una irresponsabilidad por el daño que puede causar a los propietarios, a los empleados y a sus familias sino que es un claro síntoma de un carácter intransigente que no tolera al diferente. Desde hace tiempo, algunos cargos públicos del tripartito vienen deslizando a través de las redes sociales comentarios contra negocios en los que un cliente -a veces ellos mismos- no han sido atendidos en valenciano o se les ha pedido que hablen en castellano porque el dependiente no entiende eso que ellos llaman «la nostra llengua», lo que inmediatamante califican de flagrante «discriminación lingüística». No les importa si, como ocurrió en el caso más reciente, la camarera es argentina y por razones obvias no entiende la lengua autóctona. No se paran a pensar en que la auténtica discriminación es colocar una exigencia lingüística que en la práctica representa un grave handicap para los inmigrantes, ese grupo de personas que tanto dicen defender mientras navegan a cientos o miles de millas de distancia pero que luego pueden ser colocados ante el paredón de fusilamiento de las redes sociales por el terrible pecado de no hablar valenciano o no entenderlo. La lengua, una vez más, se utiliza no como una herramienta que enriquece a un pueblo sino como un instrumento de confrontación y lucha, un elemento diferencial que tiene que ayudar a construir una nueva realidad nacional, tal y como se ha hecho en Cataluña. Así entienden los nacionalistas y sus adláteres «la nostra llengua» y para eso necesitan una policía política que vigile y delate a los que no cumplen con su perversa ley.