Por el planeta

La apuesta por el reciclaje no es un capricho circunstancial ni pasajero. Reciclar no es una opción; es un imperativo

María José Pou
MARÍA JOSÉ POU

Por fin pude acercarme al festival de hamburguesas que se celebra en el río, junto al Puente de las Flores. No soy aficionada a las hamburguesas -de hecho, la pedí vegana- pero sí me hacen gracia las gastronetas, esas furgonetas donde sirven comidas al momento, desde alitas de pollo hasta sushi o crepes de chocolate. Suelen ser caras pero a veces tienen delicatessen de cualquier lugar del mundo y da gusto probar un bocado de aquí y otro de allá. La idea organizada en Valencia era buena y el lugar estaba a reventar. Me recordó a una experiencia similar que viví en Calgary este verano donde pude probar la famosa 'poutine' canadiense, patatas con queso y salsa de carne. Estaba mejor que en algunos restaurantes, pero además había música y el ambiente era familiar y festivo. La diferencia entre ambas, sin embargo, estaba en los residuos. En Valencia vi algunos bidones para tirar platos y vasos y un servicio de limpieza que retiraba todo lo de las mesas en una enorme bolsa de basura. En una sola. El problema es que los platos eran de cartón y los vasos, de plástico. Y en esa bolsa se reunía todo, sin ni siquiera un atisbo de preocupación ambiental en plena huelga por el clima. En Canadá, sin embargo, me sorprendió la cantidad de puestos de basura diferenciada donde unos voluntarios ayudaban a separarla y orientaban al visitante para que no metiera la pata. Ni un vaso por el suelo, ni un tenedor caído. El lugar estaba impecable y la gente, civilizada. Era imposible dejar algo en cualquier rincón sin ser fiscalizado, observado e internamente cuestionado.

La apuesta por el reciclaje no es un capricho circunstancial ni pasajero. Reciclar no es una opción; es un imperativo. No había más que asistir al pase del documental 'Un océano de plástico' que proyectó la Fundación Oceanográfic esta semana. Creemos que el problema es tirar una botella de lejía en el mar y nos tranquiliza saber que eso nunca lo hacemos. En cambio no somos conscientes del microplástico que comen los peces, descompuesto de cualquier objeto que haya caído en el mar. Son partículas imperceptibles que acaban en sus estómagos y después en los nuestros. Llenan el fondo y flotan en la superficie. No es solo la arandela en la que se engancha o la bolsa que come una tortuga sino las toneladas de pedacitos que envenenan todo lo que hay en el agua. Desde que lo vi, me cuesta aceptar plástico gratuito habiendo otras fórmulas. Aunque sean las de la abuela: el saquito del pan, la botella de cristal o la taza de loza. He de admitir que aún me cuesta pasar por una listilla cuando me ponen el pescado en una bandeja de poliestireno y levanto la ceja o pido una ración de paella para llevar y pregunto si le importa ponerlo en el táper que saco del bolso. Confío en que toda la chavalería que se manifestó ayer me lo ponga más fácil en lo sucesivo, conforme se incorpore a un entorno social que necesita de su compromiso.