EL PLACER DE FABULAR

JOSÉ RICARDO MARCH

SILLA DE ENEA

Son las diez de la noche del jueves y, con el niño vencido por el sueño, me asomo a la ventana de Twitter. Rafa Lahuerta acaba de trenzar su enésimo hilo-historia, esta vez centrado en el bosquejo impresionista de un valencianista que sueña un Mestalla en el sur de la ciudad. En l'Hort de Senabre, precisa, entre las calles Carteros y Calvo Acacio. El aficionado, dice el breve relato, imagina una historia alternativa del club y la ciudad que parte de la supuesta inauguración del campo en 1925, en plena efervescencia futbolística. En plena era constructiva de recintos deportivos en la ciudad (repasen mentalmente conmigo: Soletat -Gimnástico-, Camí Fondo -Levante-, Mestalla -Valencia-, Stadium -Gimnástico-, Victoria Eugenia -Bancario-, Sant Guillem -España-, Tránsitos -Norte- o Vallejo -Gimnástico-, entre otros, fueron alzados en los solares de la ciudad entre 1921 y 1925. Lo nunca visto, vaya). Y expone, con cierto sentido, un par de razones que justificarían dicha ubicación, que tan extraña nos resulta: la pasional acogida del aficionado de la Valencia sur y el acierto estratégico de situar el estadio en una zona de expansión natural de la urbe siguiendo el Camí Real. El soñador de Senabre, explica Lahuerta, guarda planos y mapas en los que ha perfilado el recinto y los comenta con entusiasmo mientras el narrador dice asentir a sus palabras con cierta indiferencia. Capturado por la fuerza del relato, que fábula la historia a partir de uno de mis argumentos favoritos (la vida en la vibrante Valencia de los años 20 y 30), me resulta irresistible participar en él, movido por una cuestión esencialmente sentimental. Puedo imaginar ese estadio en Senabre, con el tranvía dejando y recogiendo aficionados a lo largo de la calle de Sant Vicent. La vía que llevaba a la casa familiar, de la que salieron tres generaciones de valencianistas que cubrieron noventa años de militancia y fidelidad a su club. Movido por esa grata estampa y por el recuerdo de los míos, propongo unas coordenadas alternativas, a apenas cuatrocientos metros del punto citado por Lahuerta. El camp de Senabre se situaría, apunto, en los terrenos del parque de artillería, junto al precioso edificio de la fábrica de cerámicas La Cruz (¿qué se piensa hacer con él, por cierto?). La imagen del aficionado saliendo del estadio mientras en el horizonte se recorta la Creu Coberta me parecería, apostillo, impresionante. Entonces, por un milagro de esos que de vez en cuando sobrevuelan las redes sociales, lo que parece una respuesta friki a un planteamiento que lo es aún más se abre al debate público. Luis Fernández, el topógrafo enamorado de la retícula urbana y sus secretos (no se pierdan, a este respecto, su espléndido libro 'Las calles y su historia', editado por Drassana), ofrece una breve lección de geografía urbana en la que acaban terciando muchos otros participantes. Surgen nuevas voces que proponen Mestallas en diversas localizaciones del sur de la ciudad. Al otro lado del río. Desde la Vall d'Uixó el anónimo poseedor de la cuenta Valencia Memorabilia defiende el mérito de ser valencianista en las comarcas del norte. Mientras, José Lizondo aclara conceptos desde su profundo conocimiento del fútbol y la ciudad de los 20. Hay incluso quien se aproxima al relato para pedir más, cautivado por el ejercicio de fabulación. Dos horas después del pistoletazo inicial, tras un intercambio de decenas de mensajes, se cierra la puerta. Mestalla sigue en su sitio, pero durante unos minutos hemos jugado a imaginar, cambiándolo de ubicación, otro Valencia, otra Valencia. Ya en la cama, con el libro en la mano, me da por pensar en lo que acaba de ocurrir. Experiencias como la narrada me vuelven a confirmar, una vez más, que todo es posible cuando uno agarra la pluma o el teclado. Y que no es difícil interesar a la gente por la historia o la geografía cuando el relato palpita. Cuando, en definitiva, merece la pena.

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