LA PISCIFACTORÍA

Ramón Palomar
RAMÓN PALOMAR

Los debates de nuestra política son como esa película que acudes a ver la mar de ilusionado. Tus amistades han derramado tanta miel sobre ese largometraje, has leído tal cantidad de críticas entregadas que, inevitablemente, sales con el mohín de la desilusión marcando tu faz porque esperabas más, mucho más, siempre más. «Pues no era para tanto», te dices. Levantar demasiadas expectativas supone el paso previo a la decepción. Tampoco esperaba uno gran cosa de los debates, pero aún así, seguía flotando el perfume de la sorpresa, ese «y si va y salta la liebre y alguno hace un rídiculo feroz; y si otro va y se viene arriba y pronuncia algo que logra impresionarnos...». Pero se limitan a propinar alguna dentelladita, por el qué dirán, y sobre todo a castigarnos con su severa chapa anunciando los milagros que manarán de sus deseos, y no conviene confundir los deseos con las propuestas verdaderas. El primer y tedioso asalto de un combate de boxeo entre dos púgiles de tercera fila que se estudian segrega mayor emoción que estos debates carentes de sudor y alma, cargados de atrezzo. Por una extraña asociación de ideas me pareció que los líderes que ocupaban su hueco en la pequeña pantalla se habían escapado directamente de una piscifactoría. Son políticos aseaditos como los peces de la piscifactoría. No importa que pidas rodaballo, lubina o dorada, si el pez viene de una piscifactoría el sabor es idéntico: a pienso compuesto. Sucede lo mismo con los yantares de un bufé libre: la pechuga de pollo o los espaguetis saben igual, o sea a bufé libre. Sí, en fin, puede prender una chispa, existen matices... Iglesias agarrado de súbito a la zarza ardiente de la Constitución, Sánchez encantado de conocerse, Casado intentando que el PP resucite tras Rajoy y Rivera jugando al ataque. Arriba la piscifactoría.