Piromusical mudo

Para la mayoría era tan espectacular el trenzado de carcasas que presentó Caballer que no necesitaban ni escuchar la música

María José Pou
MARÍA JOSÉ POU

Sabían que asistían a un piromusical porque así lo había anunciado el periódico pero solo escucharon una pieza cerca del final cuando la voz de Gloria Gaynor lo invadió todo a ritmo del 'I will survive'. Quizás fue entonces cuando paró el poco de aire que se movía en la noche del sábado o tal vez es que la Gaynor se impone incluso en la distancia. El caso es que fue la única canción que pudieron relacionar con las carcasas de Caballer que iluminaban la Marina en la noche más luminosa de 'La Gran Fira de Valencia'.

No cesaba de llegar gente porque en España somos así; llegamos incluso al final de un castillo y lo comentamos como si hubiéramos estado en los primeros avisos. Se sumaban a la multitud, tapaban a los que se habían apresurado a coger sitio y alteraban el silencio que acompaña un buen castillo con conversaciones que traían desde el tranvía a la Malvarrosa. Era la zona cercana a la estatua de Manolo Valdés que la Fundación Hortensia Herrero regaló a la ciudad. Su 'Pamela' servía a los más previsores de lugar de encuentro, de punto de referencia y hasta de asiento improvisado. Pero desde allí era imposible escuchar la 'banda sonora' del piromusical. Solo quienes se hallaban en las proximidades del Veles e Vents podían hacerlo, y, sin embargo, a los cientos de valencianos que rodeaban todo el espacio les parecía suficiente con ver el espectáculo de luz y pólvora. Algunos se quejaban de que las potentes luces del puerto no permitieran ver con intensidad el castillo y mucho menos dejaran tomar fotos para compartirlo en las redes. «¿No las apagan?», preguntaba alguno, recordando el cuidado que se tenía en las noches de Fallas cuando comenzaban a disparar los fuegos. Otros ponían de fondo su propia música o se conformaban con 'escuchar' la sinfonía interna que el maestro pirotécnico había compuesto. No era motivo suficiente para dejar de disfrutar de las habilidades de Caballer y mucho menos en la noche en la que había anunciado su última obra maestra de esas características por culpa de las trabas burocráticas. Hubo quien sugería que la música llegara hasta el último rincón de la explanada con altavoces que ayudaran a meterse de lleno en el show. Y, efectivamente, resultaba inexplicable que no se hubiera pensado en multiplicar el efecto utilizando recursos tecnológicos tan sencillos como los que se usan en otros momentos. Para la mayoría de los asistentes era tan espectacular el trenzado de carcasas que presentó Caballer que no necesitaban ni escuchar la música. Era pirotecnia gourmet, fuera o no musical, pero es una lástima que no se analice la capacidad de movilización que tiene un evento de ese rango y se mire más allá del 'cogollito' de la Marina. Si la gente va, se arremolina con todo el calor, se estruja en el tranvía y vuelve a cruzar toda Valencia para ver un piromusical sin escucharlo, ¿cómo no trabajar duramente para que lo escuchen también?