El peso de las palabras

Nicolás Sartorius publica 'La manipulación del lenguaje. Breve diccionario de los engaños', un libro que combate el uso interesado de los conceptos

RAFA MARÍ

Alteraciones. El peso de las palabras está sufriendo alteraciones ideológicas. Unas adelgazan hasta quedarse en su esqueleto y otras se hinchan y acaban irreconocibles. En 'La manipulación del lenguaje. Breve diccionario de los engaños' (Espasa, 2018), Nicolás Sartorius -abogado, ensayista, ex diputado por el PCE e IU y cofundador de Comisiones Obreras- combate el uso interesado (cada vez más) de unos 80 conceptos o expresiones: 'armas inteligentes', 'banco malo', 'derecho a decidir', 'diálogo', 'dinero B', 'España nos roba', 'fascista', 'posverdad'...

Fascistas. Me detengo en el capítulo 'Fascismo o fascista', para que el lector se haga idea del tono del libro de Sartorius: «En la actualidad la palabra 'fascista' se utiliza como arma descalificadora contra adversarios políticos, aunque el partido o la persona que se pretende agraviar no tengan nada que ver con ese movimiento o esa ideología. En los ambientes nacionalistas y de una cierta izquierda, poco rigurosa y quizá ignara de la historia, se califica de 'fascista' a cualquier persona que no comulgue con sus tesis o, simplemente, que sea conservadora o de derechas». En este párrafo, para mí la expresión clave es «quizá ignara de la historia».

Museos. El pasado viernes, Paul B. Preciado, filósofo y comisario de exposiciones, dio una conferencia en el IVAM titulada con cierto estrépito: 'Cuando los subalternos entran en el museo: contra-públicos y rebelión institucional'. Preciado sostiene que un museo es un lugar estratégico «en la construcción de hegemonía y subalternidad en la modernidad occidental (...), cómplice de los procesos de racialización, sexualización y exclusión de las clases trabajadoras (...), una institución a través de la cual la burguesía blanca colonial inventó por primera vez una estética global».

Evitar a los fotógrafos.Me parece entender que, para Preciado, ir a un museo, no para enrabietarse sino para ver exposiciones, es un acto reaccionario y colonial. La próxima vez que vaya al IVAM, al Muvim o al Carmen evitaré a los fotógrafos para que no haya testimonios gráficos de mis costumbres fascistas. ¿Ir a una librería también es 'facha'? ¿Y jugar al ajedrez y al dominó?

Dominó. El ajedrez es muy guerrero, pero el dominó, tan apacible, estoy seguro de que no es un juego facha. En el campeonato de España de dominó por parejas que se jugó el 12 y 13 de octubre en Las Palmas de Gran Canarias, el equipo valenciano Miravalles-Turia quedó en un brillante tercer lugar. El equipo de Barcelona quedó campeón y el de Tenerife, subcampeón. 17 de nuestros jugadores se trasladaron a Canarias para disputar el título nacional, cada jornada en 6 o 7 mesas (con una subvención modestísima: 205,55 euros en total por jugador, cuando solo el viaje de ida y vuelta costaba unos 250 euros por persona; los deportes y juegos minoritarios se disputan en esas precarias condiciones, incluso en los torneos oficiales).

Nacho Orduña. Conozco bien a tres de los 17 jugadores del Miravalles-Turia: José Civera, Nacho Orduña y Mike Ferri. Los tres tienen una inteligencia asombrosa para jugar siempre la ficha más fastidiosa para la pareja contrincante. Le pregunto a Nacho, capitán del equipo valenciano, cuáles son las principales virtudes de un buen jugador de dominó: «Cálculo, intuición y sobre todo, concentración para recordar lo que ha ido pasando en cada mano», responde. Recordar no es facha, al contrario: hay que tener buena memoria para saber exactamente qué significó el fascismo.

Energúmenos. Mi impresión ante algunos discursos radicales es que detrás de ellos se encuentra un energúmeno con talento para intimidar. Regreso a la llamativa descripción de los museos como cómplices «de los procesos de racialización, sexualización y exclusión de las clases trabajadoras». ¿Por qué no se defienden los dirigentes de los museos, valencianos o no, aunque solo sea un poco? Está en juego su honra política.

Maeztu. Pío Baroja, que conoció bien a Ramiro de Maeztu, lo definió como «un hombre insensato y extravagante, aprendiz de energúmeno». Conozco individuos así. Insensatos, extravagantes y, ya en su madurez, temibles energúmenos.