Un perfecto desastre

Tretas, bandazos y ocurrencias acreditan el fracaso sanchista

IGNACIO GIL LÁZARO

Pedro Sánchez acaba de cumplir tres meses de residencia en Moncloa. El presidente ufano, los amigos colocados y España que paga el pato. Tretas, bandazos y ocurrencias acreditan el fracaso sanchista. Con solo ochenta y cuatro escaños, Sánchez pugna por mantenerse a flote mediante una estrategia de cesiones, improvisaciones y decretos en cascada aun a costa de reabrir heridas del pasado, usar los restos de Franco, tomar la televisión pública al asalto o pretender alterar las reglas del juego para anular la mayoría legítima del PP en el Senado. Un empeño sectario que retrata al personaje. Por desgracia, Sánchez prescinde de aceptar que la primera obligación de un gobernante es promover espacios de concordia. Grandes puntos de acuerdo para definir objetivos compartidos en pro de asegurar el bien de la nación. Ciertamente el presidente no está en eso. Hoy, ni él mismo sabe hacia dónde camina aunque hará lo que sea para continuar aferrado a un sillón que ocupa sin el referendo de las urnas. Mientras, los independentistas siguen en sus trece. Recordar que Democracia es respeto a la pluralidad y a las leyes debiera resultar ocioso a estas alturas. Sin embargo, el encono en contrario del separatismo catalán pone en cuestión lo dicho. El conflicto de los lazos amarillos llevado al espacio público es un peligro para la convivencia en paz. También las amenazas de Torra, que insiste en lo de siempre y sube el tono cuando se cumple un año de los sucesos de septiembre. Actitud la suya irreversible por mucho que Sánchez se afane en obviarla para no tener que activar la respuesta explícita precisa que demanda el cariz de los acontecimientos. La táctica del avestruz. Un voluntarismo inútil que agrava el problema permitiendo que crezca. Hoy, la Generalitat se atrinchera de nuevo en el desafío abierto al Estado sin que el Gobierno actúe en consecuencia para preservar el orden constitucional, que es de lo que se trata. Una dejacion muy grave llamada a acabar mal a corto plazo. Seguro. Desde luego, Sánchez tendría que ser capaz de asumir el escenario que impone la realidad en Cataluña y fuera de ella. Sin embargo, prefiere enrocarse en la inacción porque su debilidad parlamentaria le impide hallar salidas razonables a los problemas de la vida española. No existe una política económica y fiscal definida, ni una política inmigratoria clara, ni un plan serio que encare a fondo la crisis catalana, ni un proyecto reformista estimulante que concite el interés de los españoles. Solo farfolla dialéctica concebida para el consumo del populismo izquierdista. El BOE usado a modo de pancarta. La gobernabilidad reducida a ficción. En definitiva, vacuidad, apariencia y propaganda. Un Gobierno de saldo. Dirigentes de vuelo rasante, falta de propuestas viables y sequía de grandeza. Es lo que hay. Oportunismo volátil. Ruido sin nueces. Impostura a destajo. La síntesis de un tiempo baldío. Un perfecto desastre.

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