Perdonad que no diga nada

Lo que conduele en serio duele tanto que no se puede decir. Si no cuidamos las palabras acabarán no significando nada

Perdonad que no diga nada
ESTEBAN GONZÁLEZ PONS

Llueve angustia y faltan palabras, ¿verdad? Bueno, no es exactamente eso. Sobran algunas palabras, sobre todo aquellas que se repiten como el ajo, «solidaridad», «pésame», «terribles noticias», «homenaje», «responsabilidades», etcétera. Sí, algunas palabras sobran, pero otras faltan. Por ejemplo, cuando veo en televisión una familia que con la casa anegada saca barro a la calle con una fregona en lugar de morderse los puños y rendirse busco y no encuentro palabras que representen tanta frustración, tanto hundimiento, tanta soledad. El dolor tampoco es realmente una palabra, lo que conduele en serio duele tanto que no se puede decir. Las víctimas de las recientes inundaciones no posan ante las cámaras, todos los demás sí. Yo manejo las palabras que maneja todo el mundo y por eso mi silencio no resulta tan hondo como el de estas víctimas, y es entonces cuando lamento que las palabras que abrazan estén tan manoseadas. No quedan palabras limpias.

Lo pensé el pasado fin de semana al morir repentinamente el cantante Camilo Sesto. Nada más anunciarse la mala noticia todo bicho parlante se lanzó a expresar en las redes sociales su desolación por tan irreparable pérdida. Fue increíble, aunque también innecesario. Miles de personas que no se acordaban de que Camilo Sesto estuviera vivo se quitaban la palabra unas a otras para deplorar que hubiera muerto. Según pude leer a pequeños políticos y periodistas de tertulia, su voz era «genuina», «prodigiosa», «española» y hasta «de jilguero». Uno de los de la nueva política sentenció que «sus melodías serán siempre parte de nuestra memoria» y otro igual de nuevo se atrevió con que había pasado media vida bailando sus canciones. A semejante desparpajo lo llaman «postureo», a secas «postureo», como si no fuese degradante. Y llegó el lunes, volvieron las jerarquías al recreo de la investidura tonta y se olvidaron de aquel que «dejó su impronta en nuestra historia musical», y que aún estaba por incinerar. Yo no dije nada, pero me quedé con ganas de soltar: «A mí sí me gustaba».

La culpa es del Twitter ese del demonio que hace creer a políticos y otros famosillos que siempre hay alguien interesado en leer cuanto opinen sobre cualquier cosa, da igual que sea un triunfo de Rafa Nadal o el siguiente aniversario del 11-S, y que por tanto les fuerza a comentar cualquier cosa que suceda. Para compartir mi triste conclusión bastaría con repasar lo que tuitearon ayer quienes no tienen ni puta idea de baloncesto.

Cuando esta semana el cielo empezó a vomitar barro sobre mi tierra, yo declaré: «Perdonadme, no tengo palabras». Y me quedé callado. ¿Es obligatorio largar cualquier tópico en Twitter, aunque sea lo mismo que ya se ha dicho hasta la saciedad? Si no cuidamos las palabras acabarán no significando nada. ¿Y qué haremos entonces cuando tengamos ganas de llorar? Un respeto, che.