Penélope y las princesas

El esfuerzo por extirpar enfoques machistas en la más tierna infancia puede quedar en nada si se perpetúan en etapas posteriores

María José Pou
MARÍA JOSÉ POU

La verdad es que no ha descubierto nada nuevo, pero que Penélope Cruz reniegue de los cuentos infantiles con una frase tan gráfica como «que le jodan (sic) a la Cenicienta y a la Bella Durmiente» es impactante. Sobre todo, en una industria que fabrica Cenicientas y Bellas Durmientes un día sí y otro, también. No me refiero a las historias de animación, que han intentado, con más o menos éxito, incorporar otros perfiles, sino a las películas de cualquier otro tipo. Hay muy pocas heroínas, asesinas o psicópatas femeninas; hay muy pocas historias de amor que terminen bien sin boda y mucho héroe, genio o padre de familia ejemplar como sostén de su comunidad. En una palabra, mucho tópico oculto bajo los ropajes de la normalidad.

La nueva perspectiva sobre los cuentos infantiles hace tiempo que está presente en el sector editorial, en el educativo y entre los padres que hacen lo mismo que Pe: cambiar el final de la historia, innovar o dar la vuelta para que sus hijos e hijas no reproduzcan los mismos roles de los que ellos reniegan. Hay, incluso, versiones políticamente correctas de los cuentos de toda la vida o propuestas en las que los buenos son los malos y viceversa. Es cierto que las imágenes de princesas que transmiten las historias de los hermanos Grimm o de Perrault son antiguas, cuestionables y responden a unos parámetros que no tienen que ver con la actualidad. Sin embargo, siguen siendo válidas en la transmisión de valores, en su capacidad para atrapar la atención de los pequeños y para mostrar claves que se quedarán grabadas a fuego en sus neuronas. Ahora bien, el esfuerzo por extirpar enfoques machistas en la más tierna infancia puede quedar en nada si se perpetúan en etapas posteriores, conforme los chavales van creciendo. De poco sirve cambiar el final de la Cenicienta si cuando llega a la adolescencia el chico o la chica escuchan reggeaton con un papi que quiere tener a «su» mami contenta y que le tenga limpia la casa mientras él busca el sustento de la prole. O que ve cómo sus mayores consideran magníficas las 'sombras de Grey' y leen a su protagonista, Dakota Johnson, de veintitantos, dando por hecho que Anastasia, la sometida y maltratada, es un modelo para las mujeres de este siglo. Me lo dicen de Madame Bobary y aún me parece más rompedor. Aunque no hace falta llegar tan lejos ni criticar solo a la industria del espectáculo. A Penélope le parecerá muy desfasada la Bella Durmiente pero no hay desfile de moda que no termine, como su colofón, con la muestra de vestidos de novia ni revista del corazón que no hable de las bodas de los famosos como el sueño de toda mujer. Las princesas Disney no están solo en la infancia. Las niñas son más listas que eso. El problema es todo un sistema dedicado a perpetuar el modelo. Vivimos rodeados de princesas Disney y bombardeados con el mensaje de que en toda mujer hay una princesa. Y, a veces, hay un Godzilla.

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