PEGADA UNIDIRECCIONAL

Ramón Palomar
RAMÓN PALOMAR

La inseguridad saturada de nervios quedó ligeramente amortiguada cuando, durante mi primer día en el Liceo Francés de Valencia, comprobé que usaban el mismo libro de gramática, 'Le Bled', que en el colegio gabacho de Tánger. Esa familiaridad disipó un poco el temor a lo desconocido porque ese manual académico rezumaba la familiaridad de un viejo amigo que supera las fronteras y te ayuda. No sé ahora, pero en aquel entonces en Francia los libros de texto eran iguales en todo el territorio y allá donde impartiesen el idioma bajo el paraguas de la bandera tricolor, departamentos de ultramar incluidos. Claro que nuestros vecinos lo tienen más fácil, no sólo saben cuál es su bandera y su himno, sino que mantienen la unidad del país y de la lengua sin prestarse a ceremonias de confusión alimentadas por las ambiciones de los partidos aquejados del localismo que nace de la recalcitrante caverna. No digo con esto, por favor, que me disguste el sistema autonómico o nuestra riqueza multicultural. Me parece muy necesario no depender de Madrid para cualquier asunto, pero quizá, en determinados aspectos, bien deberíamos de ajustar las tuercas para evitar gazpachos que sólo favorecen la incultura y la producción de seseras que sufren severa jibarización justo cuando deberían encaminarse hacia la fértil expansión. Si, en verdad, los libros de texto que encauzan el aprendizaje de nuestra chavalería representan el capricho del interesado sultán de turno, el daño que están provocando causa más dolor que el que le infligió un Cassius Clay de 22 años (en aquel tiempo todavía era Cassius) al todopoderoso y brutal campeón del momento Sonny Liston. Necesitamos criaturas espabiladas que vuelen como mariposas y piquen como avispas, no zoquetes de pegada unidireccional que se derrumban ante el primer revés de la vida.