Patinetes (y prioridades)

CARLOS FLORES JUBERÍAS

Los patinetes constituyen un modo divertido, saludable, sostenible y barato de desplazarse de un lugar a otro de la ciudad. Pero -fíjense qué cosas-, también pueden ser un útil instrumento de medida para descubrir cuáles son las prioridades de un gobierno municipal. Un instrumento incluso más revelador que los discursos pomposos y las frases huecas con las que los políticos nos obsequian a diario -siquiera sea porque, como dice nuestro refranero, «obras son amores, y no buenas razones».

El Gobierno municipal que encabeza el alcalde Ribó, con su cohorte -no siempre disciplinada- de socialistas y podemitas, lleva ya casi cuatro años repitiéndonos día sí día también que su proyecto no es otro que una Valencia limpia, sostenible, y habitable. De ello debería deducirse que en su escala de valores el bienestar de sus vecinos debería ocupar un primerísimo lugar, el equilibrio ecológico y la sostenibilidad una no muy distante segunda posición, y todo lo demás hallarse enderezado al eficaz logro de esos dos objetivos.

¿Cierto? No estoy del todo seguro. Y es aquí donde entran los patinetes.

Que una empresa extranjera haya puesto los ojos en Valencia para desplegar en nuestra ciudad su negocio de patinetes eléctricos de alquiler debería ser una buenísima noticia para un ayuntamiento comprometido con la sostenibilidad. Una iniciativa que un ayuntamiento con visión de futuro debería haber anticipado hace mucho tiempo; que un ayuntamiento con capacidad de diálogo debería haber negociado con flexibilidad, y que un ayuntamiento preocupado por sus ciudadanos debería haber tolerado en tanto no ideara un modo más adecuado de regularla. Pero no ha sido esa la reacción del Gobierno de La Nau, al que sin esperarse a comprobar de qué modo recibían los ciudadanos esta nueva oferta de transporte, le faltó tiempo para ordenar la confiscación de los patinetes, la imposición de una cuantiosa multa a la empresa propietaria, y la puesta en marcha de una normativa que le permita sacar la correspondiente tajada del negocio.

Se me dirá que lo que movió a Ribó a cargarse una iniciativa como ésta no fue en modo alguno su afán recaudatorio, sino su compromiso con un objetivo más importante si cabe que el de la sostenibilidad como es el de la seguridad de usuarios y peatones. Solo que esa tesis resulta insostenible en una ciudad donde solo los conductores parecen estar sujetos a las normas, mientras que los ciclistas se mueven como y por donde les viene en gana, sin que el poder sancionador de la policía local parezca ir con ellos. Y en la que cada vez que se cierra al tráfico rodado una calle o se ensancha una acera con la excusa de hacer sitio para los viandantes, se acaba inundándolas de terrazas que, a diferencia de los peatones, sí ingresan sustanciosos cánones en las arcas municipales.

¿Bienestar, sostenibilidad y recaudación? Tal vez sea así en los discursos. Pero el episodio de los patinetes revela una escala de prioridades muy diferente: exactamente la inversa.

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