El pasillo

Ramón Palomar
RAMÓN PALOMAR

En nuestro valenciano hemiciclo la frontera que separa a la izquierdísima (hordas podemitas) de la derechísima (huestes de Vox) viene delimitada por la angosta tierra de nadie de un simple pasillo. Si los de ambos bandos se desperezan con aleteo de brazos y bostezo incluido durante una sesión plúmbea quizá las yemas de sus dedos extremistas podrían acariciarse e iniciar así no sé si una trifulca de garrote hispano o, quién sabe, una singular historia de amor por aquello de que los extremos se tocan y el roce hace el cariño.

Encadenados a la proximidad geográfica y separados por ideologías condenadas al eterno batallar, resultará interesante, espero, observar cómo cohabitan cuando estallen asuntos de cierta relevancia y los debates alcancen el apasionamiento que nos distrae. Puesto que los del público somos, aunque disimulemos, seres ávidos de gresca por razones antropológicas y morbosas, si utilizan las manos algún día como solía acontecer en esos parlamentos asiáticos, gozaremos fingiendo escándalo. No podrán retarse a duelo de pistola como en aquellos periódicos de la época de Larra, pero igual una andanada de insultos groseros sí florece como plantas primaverales. Aunque, bien pensado, no llegará la sangre al río. Se olfatearán con respeto como esos perros ladradores que se husmean las respectivas retambufas, se mirarán con bravura, intercambiarán feroz expresión corporal y, sospecho, luego se tomarán juntos algún cafetito para conocerse, para compartir cuitas y puntos en común, para demostrar que no son tan fieros y que, al fin y al cabo, cobrán más o menos lo mismo al compartir lucrativa profesión. Los políticos, una vez desaparecen los micrófonos y las cámaras, o sea el paripé que nos alimenta, rara vez se muerden entre ellos. Les separa una breve frontera y les unen tantas cosas...