Pasear Valencia

MARÍA RUIZ

V alencia no tiene una Alhambra. Ni un acueducto romano del siglo primero, ni una Sagrada Familia.

Ni falta que le hace.

Porque le basta con su luz. Un auténtico tesoro. Su patrimonio. Uno que los turistas no pueden asolar. Ni abarrotar hasta extenuarlo, ni dañar. Una luz que deslumbra hasta cuando las nubes encapotan el cielo antes de la tormenta. Que eso ya es para nota. Y eso yo lo he visto.

Si el caminante quiere piedras, tiene las más bellas entre las primeras arquitecturas civiles de Europa. Una Lonja de la Seda que apabulla y que presume del poderío del Siglo de Oro valenciano. Y si de edificios civiles se trata, tiene algunos de más visitados de la contemporaneidad. Hasta a Hollywood ha conquistado la sinuosidad blanca de Calatrava y su Ciudad de las Artes y las Ciencias. Ajena a la grandiosidad de lo monumental discurre una Valencia plácida que llama a ser paseada; que se ofrece, ahora saludable, ahora desperezada, ahora callada. Saludable en el Jardín del Turia, que todos los valencianos llaman el río; desperezada en los primeros rayos sobre Viveros o ante ese Mediterráneo que creó todos los azules del mundo; y callada en los jardines de Monforte, rincón reposado y alejado del ruido mundanal.

Y siempre, siempre, es llana, para sublime agrado del andante. Y para poder descubrir la joya art-dèco del mejor cine de España de los años 30, el Capitol, o ese gran desconocido edificio neomedieval que es la Llotgeta, con su misterioso pináculo ámbar que a veces halcones peregrinos sobrevuelan al atardecer. Valencia es carnal en cada barrio y desmedida en cada fiesta de Fallas. Es cálida y es exhuberante. Y agradecida para una mesetaria de acogida que sigue gozando paseándola y descubriéndola.