Los partidos de la tribu

AGUSTÍN DOMINGO MORATALLA

Estas semanas previas a las elecciones, los diferentes partidos cobran un protagonismo especial. La confección de listas y la selección del equipo de 'galácticos' con el que sorprender al adversario, inundan la agenda informativa y nos impiden analizar con detalle el papel instrumental de los partidos. Entre quienes reducen la vida democrática a la vida de los partidos, e incluso se amparan en el artículo 6 de la Constitución para calificar nuestra democracia como una «democracia de partidos»; y quienes los minusvaloran porque se convierten en castas que han perdido el sentido de la participación cívica, se encuentran quienes los consideran «solo un instrumento», por muy fundamental que sea.

Quizá una expresión interesante para describir este carácter instrumental sea la metáfora «partidos de la tribu». Y deberíamos fijarnos en el uso del genitivo. Por un lado, los partidos surgen y son parte del enjambre social, canalizan la diversidad de tradiciones, la pluralidad de creencias y la fragmentación de convicciones de quienes desean vivir juntos. Por otro lado, la propia dinámica cortoplacista, centrífuga y corporativa hace que alimenten la idea mediática de que seguimos viviendo en las trincheras de una sanguinaria tribu de cazadores y recolectores.

Por eso no nos resulta fácil entender el espectáculo paradójico de estos días. Por un lado, los partidos echan leña al fuego del enfrentamiento y compiten como si los ciudadanos fuéramos simples consumidores de basura tribal. No hace falta leer a Schumpeter para comprobar que la lógica competitiva del mal mercado se ha trasladado a los electoralmente censados. Incluso se recupera la dialéctica amigo/enemigo y entre los militantes que llevan la campaña se estigmatiza a quienes no son de los nuestros: «al enemigo, ni agua». Por otro, los partidos quieren recuperar para sus listas a personas que no representen intereses partidistas, profesionales con capacidad de trabajar en clave de silencioso bien común y no en clave de griterío tribal.

Hubo un tiempo en nuestro país en el que los partidos tenían este carácter instrumental y no eran herramientas sectarias para reescribir la historia, para sacar a los muertos de las tumbas, para generar ira o distribuir odio. Lo sabía el propio José Pedro Pérez-Llorca, que nos ha dejado esta semana y cuyo testimonio como experto en la comisión para la modernización del Estado autonómico del Congreso debería servir templar esta primavera electoral. Afirmó que no es tiempo para reformar la constitución porque «hay demasiada ira». Propuso tomar medidas contra la amenaza de la desintegración y alertó que la descentralización se ha transformado en deconstrucción del Estado. Aunque pasaron por partidos, estos personajes de la transición siempre nos ayudarán a distinguir entre una democracia política y una demagogia tribal.