Un partido contra el ruido

El ¿por qué no te callas? no creó escuela. La gente, y sobre todo los políticos, cada vez hablan más. Y más alto

Pablo Salazar
PABLO SALAZARValencia

Tenemos partidos que se ocupan de las personas, alguno incluso que las rescatan de no se sabe qué, y partidos que se ocupan de los animales. Pero no hay ninguno que haga del ruido su razón de ser, que nos prometa (aunque sea mintiendo de forma consciente, como hacen todos) un paraíso de silencio, de quietud, de paz. Me dirán que para eso ya están las religiones, y es cierto, pero yo hablo de encontrar un remanso de tranquilidad en la tierra, sin esperar al más allá. Mientras llega el improbable día del armisticio acústico, últimamente cultivo la sana costumbre de visitar capillas lo más solitarias posibles abiertas a primera hora de la mañana, no tanto por una inquietud espiritual (que también, no vayan a creer) como por una necesidad sensorial, como el que se va a un balneario a relajar su cuerpo dolorido o el toxicómano que ingresa en una clínica de desintoxicación para curarse haciendo de todo menos probar las drogas. El peligro no es ya el del tráfico en sus múltiples variantes (coches, motos, motos a escape libre, autobuses...) ni el de los servicios públicos imprescindibles (ambulancias, camión de la basura, máquinas limpiadoras...), ni siquiera -con ser grave- el de las zonas de ocio, las obras que incorporan el temido martillo neumático o el garrulo que circula con las ventanillas bajadas y el chumba-chumba-chumba a todo meter. Digamos que todo ello lo damos por supuesto y sabemos que va incorporado en el pack del urbanita. Lo peor, la auténtica plaga, es la de los hombres y mujeres movilizados andantes y parlantes, la de los parlanchines sin fronteras, la de los conversadores abusones que invaden espacios privados con su cháchara incomestible, su tío y tía, su nano, su puto (ahora todo es puto, el puto tal, el puto cual), su ¿vale? o su ¿me entiendes?, su ¡ciao! o su ¿qué pasaaaaaaa?, toda la galería de latiguillos que martillean nuestros tímpanos sin compasión, sin pararse a pensar en si nos están molestando o no (que lo están), si nos interesa o no su conversación (que no nos interesa lo más mínimo) si es procedente o no que nos enteremos de sus intimidades profesionales, familiares, económicas o sexuales (que no lo es). Pero claro, tantos años de televisión, de debates en los que el amo es el que más chilla y lo que se fomenta es el vocerío, el duelo de gallos, la pelea de patio de vecindad, acaban teniendo un reflejo en la sociedad, en su manera de comportarse. Y si encima se fijan en los políticos, sus/nuestros representantes, para qué necesitas más, ¿no querías caldo? pues toma dos tazas. En lugar de medir sus palabras, de pensárselo dos veces antes de intervenir, de escuchar más que hablar, no pierden la ocasión de soltar declaración tras declaración, a cual más desafortunada, extemporánea, desabrida. Siempre me acuerdo de aquella memorable metida de pata del rey emérito y su inolvidable ¿por qué no te callas? Qué pena que no creara escuela.