Participación ciudadana en la Unión Europea

Participación ciudadana  en la Unión Europea
Virginia Mayo/ap
PEDRO PARICIO AUCEJO

En las últimas elecciones europeas del 26 de mayo se produjo un considerable aumento de participación respecto a la registrada en comicios precedentes -casi nueve puntos más que en la anterior de 2014-, llegándose al 51% de votantes europeos que acudieron a las urnas. Ello supuso la ruptura de la tendencia negativa de concurrencia ciudadana instalada desde las primeras votaciones celebradas en 1979.

Uno de los factores que propiciaron este cambio fue el éxito sin precedentes de la campaña informativa 'Esta vez voto', organizada por el Parlamento Europeo con el fin de movilizar a la ciudadanía. Esta iniciativa configuró una plataforma de encuentro constituida por más de 285.000 inscritos y 24.000 voluntarios, encargados de incentivar la participación de la población en los asuntos europeos a través de internet o en persona, mediante la realización de actividades organizadas en la propia localidad de residencia, el planteamiento de sugerencias, el enriquecimiento del debate y la confluencia de puntos en común. Su indiscutible protagonismo ha animado al Parlamento a continuar con este proyecto -que pasará ahora a llamarse 'Todos Juntos'- para dar a conocer el trabajo legislativo a desarrollar de 2019 a 2024.

Instrumentos como este y otros muy diversos son necesarios para que la Unión Europea supere la crónica debilidad que, desde los orígenes del proceso de integración, arrastra en materia de influencia de las sociedades de sus Estados miembros a la hora de hacer frente a la preponderancia del poder instituido en sus diferentes formas de ejercicio. Si resulta preocupante la distancia, la indiferencia y la incredulidad de los gobernados en cualquier nivel de gobernabilidad, mucho más inquietante se presenta la que afecta a la construcción europea, por cuanto que un proceso como este permite todavía abrigar la esperanza acariciada por Jean Monnet (1888-1979) de conseguir ciertos cambios necesarios en el mundo en que vivimos. Es el lúcido anhelo de transformar en el futuro los modos de organización de los pueblos, de manera que, si desean alcanzar las dimensiones indispensables para su progreso sin mengua del dominio sobre su suerte, tendrán que aprender a vivir juntos al amparo de normas e instituciones comunes libremente aceptadas.

El vértigo de millones de europeos ante el futuro de la Unión está justificado: es su propia estructura y su funcionamiento -inmensidad de su maquinaria burocrática, complejidad jurídica, distanciamiento político, ambigüedad e ineficacia de algunas de sus decisiones...- las que lo provocan. Pero esta desconfianza es fruto, sobre todo, del desconocimiento de su gran proyecto de integración, por lo que debe asegurarse urgentemente el restablecimiento del entusiasmo original sobre dicho proceso. Entre otras medidas, ello exige -sin duda- el ejercicio de una 'pedagogía europea' que, lejos de mostrar una Unión monopolizada por las cumbres de los altos dignatarios y los grandes acontecimientos políticos, se centre en la inculcación de un espíritu cívico comprometido cotidianamente con la Europa comunitaria, de modo que esta sea percibida como problema de toda la sociedad y no solo de sus dirigentes.

Lo que se necesita es una influencia pedagógica por capilaridad que, actuando sobre la conciencia de cada ciudadano, genere un efecto multitudinario de asunción del proyecto comunitario como uno de los grandes inventos políticos del pasado siglo: mediante una progresiva puesta en común de los distintos intereses nacionales, no solo ha propiciado la convivencia política entre potencias tradicionalmente enfrentadas, sino que, más aún, después de la última ampliación de miembros -un buen número de los cuales son antiguos países comunistas-, se ha logrado el mayor cambio de registro en toda la historia de la Unión y la consiguiente entrada en una nueva fase del proceso de integración.

Pero la enseñanza de tales éxitos no es suficiente. También -según señala el profesor Jimena Quesada (1968)- «es menester una tarea pedagógica desde las instituciones europeas y nacionales que transmita, más allá de optimismo, pesimismo o euroescepticismo, un pragmatismo asentado en realizaciones específicas que revelen que la Unión es, cuando menos, el mejor de los peores sistemas para forjar la unidad europea. Es decir, que arroje indicadores reales que acrediten menos tasa de pobreza y mejor uso distribuido de la moneda única para el consumo, menos tasa de desempleo y mejor concepción de una renta de la ciudadanía que implique una especie de sufragio universal en clave social...». Y así sucesivamente en todos los ámbitos que afecten más directamente a la ciudadanía, de modo que esta se convierta en el centro del proceso de integración, se reconozca a sí misma en el origen del poder europeo y encuentre en sus servicios la razón de ser de la propia Unión.

Es un quehacer arduo y prolongado en el tiempo: requiere la intervención de multitud de expertas inteligencias que -como la del mencionado jurista valenciano- posean vocación, formación y dedicación europea. Y que, como él, se entreguen con su palabra (desde la docencia universitaria, la investigación científica, la publicación académica, la comunicación social, el debate divulgativo...) y su acción (con la responsabilidad de altos cargos en la praxis jurídica comunitaria) a la construcción del proyecto de integración y a la difusión de una superior conciencia europea.