Parques poco naturales

La Albufera no existiría como la vemos y disfrutamos sin el agua que le aportan las acequias agrícolas

VICENTE LLADRÓ

Al igual que abunda la denominación 'natural' en la publicidad de todo tipo de alimento, pese a ser productos elaborados, procesados, envasados y conservados en frío, existen también paisajes que admiramos por sus valores naturales, e incluso catalogamos oficialmente como parques naturales, por más que, del mismo modo que lo que comemos a diario, son artificiales, creados o recreados por los hombres. Afortunadamente, debemos reconocer, pues de otro modo no tendríamos suficiente para alimentarnos hoy en día, ni existirían muchos parajes cercanos a la civilización con la belleza que protegemos y nos maravilla, y los valores culturales que preservan.

Natural de verdad sólo es lo que existe de manera absolutamente espontánea y sin interferencias de nadie. Si miran alrededor, casi nada. Comemos lo que se cultiva adrede, y no cabe esperar que nos pudiéramos alimentar de nada que crezca suelto por ahí; mucho menos depender del agua de las fuentes. Somos demasiados para tan pocas, y tan lejanas.

El Parque Natural de la Albufera es de los menos naturales que pueda haber. Y eso no quita para que sea especialmente querido y nos empeñemos todos en mantenerlo de la mejor manera posible, lo que entendemos como lo más natural que se pueda, para satisfacción general; con el agua limpia, la flora pujante y con mucha fauna sana. Pero tengamos claro que la misma Albufera depende de instancias humanas, no sólo en cuanto al cumplimiento de las reglas de preservación, sino en la misma disponibilidad del agua que la llena. Y no digamos de los inmensos arrozales a su alrededor, que también forman parte del parque natural y no son nada naturales, claro: los campos hay que labrarlos, sembrarlos, desbrozarlos, abonarlos... y tienen dueños que hacen todo eso porque viven de cosechar y vender finalmente el arroz de las parcelas que han trabajado.

Se ha divulgado bastante que la Albufera, antes de serlo (laguna litoral comunicada con el mar), fue una bahía que sufrió un largo proceso de sedimentaciones que redujeron su tamaño; se fue cerrando por el mar, y a continuación se fueron produciendo los cambios en la reducción de la salinidad del agua: primero salobre, finalmente dulce.

Sin embargo, lo que hoy se conoce muy poco entre la población no ligada directamente a las actividad agrícola alrededor del lago es que si no fuera por las acequias, muy especialmente la Acequia Real del Júcar, la Albufera se quedaría sin aportaciones regulares de agua para renovar su caudal varias veces al año y asegurar su pervivencia, como así ocurre. Pero las acequias no se construyeron en su día para alimentar el lago, sino para regar cultivos; otra cosa es que adicionalmente sirvan hoy para ello, con el orgullo que representa para todos, empezando por los propios agricultores. De modo que al menos merecen comprensión, reconocimiento, y que no se inviertan los términos, como tantas veces sucede, señalándolos como culpables de lo que no lo son.