La pared invisible

LORENZO SILVA

El vídeo ha circulado el fin de semana pasado por las redes sociales. En él se puede ver la alegre muchachada abertzale de Alsasua -se podría añadir el adjetivo radical, si no sonara más bien redundante, o sustituir abertzale por proetarra, para llamar al pan pan- mientras se encara con las fuerzas de seguridad desplegadas en el municipio, a saber, guardias civiles en primera línea y policías forales en prudente segundo término. Como el vídeo tiene sonido, también pueden oírse los insultos de todo jaez con los que cubren a los agentes; da la impresión que con preferencia a los de verde, por la insistencia en gritarles que se vuelvan a la meseta. De un tiempo a esta parte, entre los varios irredentismos altaneros que nos toca padecer a los españoles, se ha puesto de moda la alusión reiterada al accidente geográfico más característico de Castilla -y el recurso al epíteto derivado de su nombre, 'mesetario'- para mejor menospreciar a quienes consideran no lo bastante partícipes de su identidad superior. Alguien debería decirles que meseta significa llanura elevada y que en esa elevación corre saludablemente el aire, por lo que los venidos al mundo en ella no sentimos vergüenza alguna.

La imagen era digna de análisis: de un lado, cientos de energúmenos desencajados, profiriendo todo tipo de denuestos y en actitud chulesca, desafiante y amenazante. Del otro, unos pocos hombres -en algunas imágenes, no se ve a más de tres o cuatro guardias en primera línea- inmóviles e impávidos ante la lluvia de improperios y la provocación de la que son objeto. Lo que viene siendo la diferencia entre una turba enardecida que saca su valor de la superioridad numérica y unos profesionales sostenidos por su instrucción y el imperio y la razón de la ley.

Los energúmenos retan, escupen, insultan, incluso llegan a acercarse y a hacer ademán de acometer a los agentes, pero ni uno solo osa llegar hasta ellos o tocarles un pelo. Los guardias no dicen nada, ni se mueven: sólo están. Ante ellos parece haber una pared invisible, que mantiene a raya a quienes de buena gana los despedazarían. Esa pared invisible, por la que debemos felicitarnos los españoles, incluidos los que viven en Alsasua, aunque haya quienes no lo han entendido todavía, es el Estado de derecho, o dicho de otro modo, la ley democrática que da a quienes se manifiestan para expresar su asco a los uniformados la certeza de que no van sufrir, por hacer uso de su libertad de expresión, la represalia que les tocaría en otras latitudes.

También les da la ley otra certidumbre, no menos benéfica: como han aprendido sus admirados gudaris, no sale gratis usar la violencia contra quienes tanto detestan. Por eso se limitan a vociferar, y acabada su exhibición, vanse, y no hay nada.