La parálisis

Hubo un tiempo en que Bélgica estuvo sin gobierno más de 500 días y no ocurrió nada grave

María José Pou
MARÍA JOSÉ POU

Se quejan en Madrid y se quejan en Valencia. Unos, por la falta de gobierno nacional y los otros, por la ausencia de gobierno municipal. En ambos casos, la incapacidad para llegar a acuerdos ante la investidura plantea la evidencia de una parálisis institucional que, en realidad, no responde a la parálisis vital de los ciudadanos. La vida sigue, que es esa frase que se dice al viudo y a la viuda, con mucho tópico y demasiada carencia de empatía. Pero es cierto. La vida no se para excepto para quien se baja de ella. O depende de la política.

Hubo un tiempo en que Bélgica estuvo sin gobierno más de 500 días y no ocurrió nada grave. Es más, en ocasiones, la perspectiva de determinadas decisiones que los ciudadanos no quieren ver aplicadas hace que la presunta parálisis se viva como una tregua. Sin embargo, lo grave no es la falta de acuerdo sino la constatación de que ese pacto no llegará a buen término por puras ambiciones partidistas. Prueba de ello es cómo los pactos de varios partidos solo conducen a multiplicar los cargos y sus consiguientes gastos y estructuras para contentar a todos. Al Botànic II me remito. También en el ayuntamiento, Ribó ha ofrecido pasar de siete a nueve áreas de gobierno. Si en lugar de dos, pactaran ocho, habría un concejal por cada cien ciudadanos, a punto de reunirse en cena «de sobaquillo» con los representados cada quince días.

En el caso del gobierno central, al menos ya tenemos una fecha de referencia, encomendándose a Santiago y cierra España, aunque sepamos que solo será el inicio de la campaña electoral. De hecho, ya estamos en campaña. La actitud de Pedro Sánchez negándole el pan y la sal a Podemos o la de Ciudadanos, empeñado en negar a un Sánchez con el que pactó la última vez «un gobierno reformista y de progreso» (sic), son gestos hacia el electorado más que muestras efectivas de poder. Todos están calculando qué sucederá en la próxima convocatoria habida cuenta de que los sondeos dan por finiquitados a los partidos de «la nueva política», esto es, Podemos y Ciudadanos. Según eso, Sánchez solo espera, acariciando su lindo gatito, para ver caer a Iglesias; éste se agarra a lo que sea para forzar el permiso de estar en la Moncloa y Ciudadanos sabe que no tiene más opción que evitar diluirse en el centro izquierda pero huir de la derecha. En Valencia, Ribó se ha empeñado en quitarse de encima a un grupo que cuestiona todo aquello que diferencia a este ayuntamiento de cualquier otro que pueda formarse. Lo raro es que tarde tanto en cerrar la puerta al pacto. Si en realidad nunca hizo demasiado caso al PSPV, ¿para qué preocuparse en tener su plácet? En verdad, hemos visto a concejales yendo por libre sin encomendarse ni siquiera al propio Ribó. Lo coherente, pues, sería continuar como hasta ahora, esto es, cada uno a su marcha y Ribó a la de su bici, y el PSOE municipal, ganándose el cielo de las urnas para la siguiente.