También los papás serán robots

Los últimos en ser excluidos del futuro somos los varones clásicos, de raya al lado y corbata para ir al trabajo

También los papás serán robots
ESTEBAN GONZÁLEZ PONS

El futuro se está convirtiendo en un club privado para pijos, autómatas, narcos, lobos de Wall Street, adultos en patinete, enganchados a internet, celebridades y exhibicionistas. Ahí no cabemos los que usamos gafas para leer guasaps. El futuro actual queda apartado para los cursis de clase media y conversación formal de peluquería de caballeros como yo. Los propietarios digitales de la tierra prometida ya viven instalados en ese mañana virtual, en tanto que los sobrantes en lo que esté por llegar seguimos anclados en un atrás analógico y descarnado. Por primera vez en la Historia conviven dos presentes antitéticos: uno con wifi y otro más atrasado y cuya principal comunicación inalámbrica consiste en rezar para salir del paro. En los setenta cuando uno fantaseaba sobre el porvenir era obvio que incluía a todos, que la tele en color, los vaqueros etiqueta roja o los SEAT 124 serían para todos, sin embargo, hoy no está claro que los trasplantes de cuerpo entero o el teletrabajo desde Bahamas se estén diseñando para el público en general.

Los últimos en ser excluidos del futuro somos los varones clásicos, de raya al lado y corbata para ir al trabajo. Se nos anuncia que un equipo científico japonés conseguirá pronto producir embriones humanos a partir exclusivamente de células de mujer. Ya no seremos precisos para la reproducción. Los ricos, las ricas, mejor dicho, podrán encargar hijos como si pidieran una pizza por teléfono. Piluca, pongo por caso, en semejante universo venidero podría haber prescindido del que suscribe para concebir a nuestra hija, que además no se parecería ni a mí ni a mi mejor amigo. Por lo visto, el día de mañana nacer macho será una desgracia eugenésica, como nacer mulo. Excepto si eres pobre, claro, porque los pobres seguirán procreando como toda la vida con sangre, placer y dolor.

Algunos varones se preparan para esta nueva función ornamental que se atribuirá a su género. Son los llamados «spornosexuales», tipos que pasan el día en el gimnasio sólo para presumir de tableta de chocolate en las redes sociales y que no son hetero ni homo, sino algo infinitamente mejor: «heteroflexibles». Dios mío, yo que fui sargento de caballería, que nunca metí mano sin antes pedir salir, que creí que el acné era un castigo por pecar de pensamiento, omisión y obra, por ese orden, ¿heteroflexible? Cuántas cosas me he perdido que no me importa haberme perdido.

Ser un romántico, adorar a los perdedores y a las mujeres fatales, me inhabilita para ese porvenir frío, clasista e inclinado a la gerontofobia que ya ha empezado. Me declaro partidario del amor y de todas sus consecuencias y me autoexcluyo del progreso. Un mundo donde los hijos vienen de una fábrica y no de la pasión de sus padres no es mi sitio. Si puedo elegir, escojo morir en Romeo y Julieta antes que vivir en Blade Runner.

 

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