LA PALABRA

Ramón Palomar
RAMÓN PALOMAR

El audiovisual nos seduce porque permite mantener el cerebro en la zona de confort, en el limbo de la aterciopelada pereza. Nos lo ofrecen todo masticado, el sonido, el color, la imagen, y los chispazos eléctricos arrullan nuestra neuronas impidiendo una reflexión severa de las que agotan. El triunfo del audiovisual se basa en su facilidad de modorra sobre el sofá.

Por eso tiene mayor mérito la entrevista de Carlos Alsina a Torra, porque se cimenta en la fuerza que nace de las palabras. A lo largo de esta última semana no ha pasado un día sin que alguien me preguntase lo de «¿Escuchaste lo de Alsina?» Rara vez una entrevista radiofónica consigue un impacto de este fuste. Además, gracias a la habilidad del entrevistador, se evidenció el pensamiento balbuceante, atrotinado, disparatado en algunos momentos, del separatista. Durante los últimos tiempos, algunos entrevistadores, para demostrar su pericia, su fuerza, se instalaban en los terrenos agresivos que podían desembocar en la impertinencia absoluta. Pero basta con dominar la materia para, sin levantar la voz, sin establecer un duelo de taberna con el invitado donde flotan los insultos camuflados de eufemismos, conseguir momentazos inolvidables que representan el divino jugo que alegra nuestros días. El poder que mana de las palabras sigue intacto sólo que lo habíamos olvidado porque nuestras narices siempre andan incrustadas contra la pantalla de turno. Estamos criando generaciones que se nutren directamente, en la escuela, en la oficina, en la vida, gracias al audiovisual, con lo cual sospecho que la sesera sufre cierta merma. Venimos de la fértil tormenta de palabras que se forjaban en las tertulias literarias. Municionados de palabras se discutía recio. Hasta que la corriente audiovisual nos encapsuló hacia el silencio y la mansedumbre.