'El Padrino'

Un gran ejercicio para comprender el modo en que las personas pueden cometer crímenes atroces al tiempo que se siguen considerando seres morales

VICENTE GARRIDO

Han pasado 50 años desde que Mario Puzo publicara 'El padrino', que pocos años después, en la versión cinematográfica de Coppola, con un Marlon Brando prodigioso, tendría una repercusión mundial. Muchas veces la gente olvida que una película de éxito, que incluso puede tener un efecto importante en la sociedad, no podría haber sido concebida si no hubiera habido detrás una buena historia, y muchas veces esa buena historia -base del argumento cinematográfico- es un libro. 'El padrino' de Mario Puzo no es gran literatura, no es 'Matar a un ruiseñor', pero en sus páginas están las semillas que fructificarán en la posterior versión cinematográfica.

Visto con la perspectiva de este medio siglo transcurrido, la novela es extrañamente profética. A partir de D. Corleone se inaugura la era de una mafia más presentable, donde los herederos pueden tener estudios y mostrar interés por la cultura. Los gánsteres tipo Al Capone, que basaban su poder en la amenaza y el soborno, donde no era siquiera necesario el disimulo, se van extinguiendo en los años que enseñan a Corleone que debe dejar paso a una nueva generación. En los tiempos venideros de los que 'El padrino' es su heraldo, el crimen organizado requiere de ingeniería financiera y de la sutil penetración en la esfera política. En el suave hablar de Brando hay un perfil bajo, y es éste el apropiado en la sociedad de la información.

Es obvio que me estoy refiriendo a una tendencia global facilitada por el uso de internet como correo privilegiado para mover capitales y corromper voluntades. No obstante, hay lugares donde la violencia cruenta y explícita ejerce todavía de lenguaje universal del crimen, pero tales casos son el producto de estados desaparecidos, donde no hace falta ocultar la implacable dictadura de quien puede matar impunemente. No podemos comparar a El chapo con D. Corleone sin sentir que el segundo está a años luz del primero, puesto que con él aprendemos a admirar por primera vez a un capo como una especie de héroe 'comprensible', al que no osaríamos imitar pero que, en el fuero interno, envidiamos.

'El padrino' es, además, un gran ejercicio para comprender el modo en que las personas pueden cometer crímenes atroces al tiempo que se siguen considerando seres morales: a algunos de los personajes principales tendríamos dificultades para considerarlos 'malas personas' en un sentido integral. Vemos que aman a su familia, que tienen códigos, que no son meros descerebrados que matan sin mayor miramiento. En ellos hay siempre un 'por qué', un motivo justificado. 'El padrino' retrató a la sociedad que estaba ya conformándose, pero también a nosotros, atrapados por un mundo lleno de glamur que ejemplificaba el éxito como ninguno otro. Esa aura está detrás de las grandes corrupciones que han sacudido al mundo, que teme y envidia a la vez a ese emigrante italiano.