UN PACTO SIN POESÍA

En cuatro años pasamos de rescatar personas a pelearnos por cargos y competencias

ANÁLISIS

Tenía que ser el día grande, y se quedó en chiquitito. El debate de investidura de Ximo Puig arrancó ayer, y quedó aplazado apenas una hora después por necesidades del guión. Ese guión lo habían perfilado antes de comenzar el pleno de Les Corts los líderes de PSPV, Compromís y Podemos -Antonio Estañ me disculpará el término- en una reunión celebrada en el Palau de la Generalitat de la que dicen que los gritos se escuchaban desde la calle Caballeros. Vaya por Dios. Empezamos acortando la legislatura de rescatar personas, y ahora nos enfangamos en la discusión de los sillones. Después de casi una decena de reuniones de las distintas comisiones encargadas del qué, el quién y el para cuando, Puig, Oltra y Dalmau se sentaron en el último minuto y desatascaron lo que parecía imposible de desatascar. ¿Cómo? Aceptando parte de las exigencia de Podemos. La formación morada, la misma a la que Pedro Sánchez da largas y portazos, la misma a la que se le propone un 'Gobierno de cooperación' (¡y va y lo acepta!), una especie de molestia para el PSOE ahora que ese partido prefiere la abstención de Cs y PP, logra en la Comunitat Valenciana con sus ocho escaños -cinco menos que hace cuatro años- dos consellerias, una vicepresidencia y una visibilización muy superior a la que cabía esperar. Como para que Pablo Iglesias no se deje los dedos en twitter señalando que el acuerdo de Valencia es el camino, y no el que le propone a él Ferraz. He dicho Valencia y quería decir Alicante, que para eso se fue ayer toda la muchachada a firmar el nuevo pacto -descentraliza lo llaman-.

Claro, había que irse de viaje. Así que el presidente de Les Corts, Enric Morera, dijo que la cosa se suspendía y que ya si eso, seguiría hoy. Y luego dirán de la independencia de la Cámara autonómica frente al Consell -aquí vendría una pedorreta-. Porque claro que en otros Parlamentos se lee el discurso de investidura y 24 horas después se reanuda el debate y se vota. Pero porque así se decide previamente, no como consecuencia de un acuerdo in extremis en el que se decide reasignar unos cuantos sillones y, para ponerlo por escrito, se para todo hasta un día después.

Al final se ha arreglado todo, como casi todos dábamos por seguro desde el principio. Eso sí. No me vengan ahora con el rescate de las personas, la ilusión de una mayoría de valencianos o la hipoteca reputacional -vistas algunas sentencias del Tribunal Constitucional-. Pulso entre tres partidos para ver quién lograba sacar más tajada. Y Oltra enfadada porque la imagen que se transmitía era la de que ella era quien lo impedía todo. Un acuerdo político para conformar la legislatura «más importante de la historia valenciana» -Dalmau dixit- que deja el día grande de Puig, el de su segunda investidura como presidente de los valencianos, en una mera discusión sobre puestos y cargos. Se acabó la poesía -quizá se rompió el 4 de marzo-. Ahora toca cuchillo entre los dientes. Próxima estación, que no lo dude nadie, el proyectos de presupuestos para 2020.