Paciencia

Puig tiene más paciencia que un santo: aguanta a su partido, a la tropa disjunta de Compromís y Podemos... y encima a la oposición

Francisco Pérez Puche
FRANCISCO PÉREZ PUCHE

Contento por mi propia marca -he logrado ver de tirón nueve minutos de la Gala de los Goya, tres más que el año pasado- emprendo semana nueva. Y me tranquiliza no ver en las portadas la noticia de que el presidente Puig se ha retirado a la cartuja de Portaceli, a meditar de por vida, o que está de ermitaño en lo más abrupto del Desert de les Palmes.

Es uno de mis constantes temores: un arrebato presidencial, una crisis fruto del hartazgo. Para ello no tengo que esforzarme mucho: el caso de Julià Álvaro me lo favorece. Porque ¿cuánto hubiera aguantado cualquiera de nosotros tanto desplante y desafío del que acaban de destituir? ¿Cuánto entorpecimiento de la gestión, cuánto retraso de las licencias, cuánta desinversión empresarial estaríamos dispuestos a soportar cualquiera de nosotros antes de pegar un puñetazo sobre la mesa y mandar al demonio a tanto salvador aficionado que llegó al poder en 2015, sin saber de nada, y con el resultado de liarlo todo?

Cualquiera que trate con la administración pública, municipal o autonómica, podría aportar testimonios de gran valor. Pero el caso es que la corrupción del pasado ha determinado un modelo cauteloso, basado en la desconfianza, que lo que hace es frenar a la siempre lenta administración. Las coaliciones de mestizaje han traído de la mano un modelo de vigilancia de reojo entre comisariados políticos que ralentiza y bloquea las decisiones. Si los funcionarios ya eran lentos de por sí, ahora, cuando se les ha apartado de la decisión, han dejado paso a un mundo de duda.

Cerrar una televisión cuesta un lustro y reabrirla, el siguiente. Crear una empresa puede costar tres años, levantar una granja de gallinas lleva al menos un lustro; cursar los estatutos de una fundación, conseguir una licencia de obras, talar una hilera de pinos, poner una gasolinera, reformar unos ventanales son asuntos reservados para titanes. Aunque todavía es peor fumigar una acequia, matar ratas y combatir plagas. No hay más mosquitos porque esté cambiando el clima como algunos insinúan, sino por culpa de un ridículo medioambientalismo impuesto por tontos de Europa y rebotado por tontos locales que no hacen sino retardar inversiones y recortar bienestar.

El presidente Puig tiene más paciencia que un santo. Pero también es verdad que le gusta vivir la política peligrosamente. En todo caso, no solo consigue estar en la cumbre de un partido, el PSOE de aquí, que lleva dividido cuarenta años, sino que además se impuso tener como socios, aliados y acompañantes a un batiburrillo de personas que se llama Podemos y a una coalición disjunta de nacionalistas, independentistas, resabiados, comunistas, católicos y ecologistas radicales que tiene por nombre Compromís.

Debe haber día en que necesite planos. Aunque también es verdad que si gobernar le dará dolores de cabeza enormes, contemplar a la oposición le debe dar bastante risa.

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