LA OTRA ORILLA

Ramón Palomar
RAMÓN PALOMAR

Me despisté. Bueno, en realidad me importaba un soberano bledo aunque el fenómeno me interesa por la inquebrantable fe que, a estas alturas, depositan millones de personas ante un evento que destila la vulgaridad del brillibrilli melódico. Primero me tragué un capítulo de «Black Mirror» y luego me largué a la cama para enfrascarme en una monumental biografía sobre Bram Stoker, el padre de Drácula. Se titula 'Algo en la sangre' y la escribe David J. Skal. Un zamarro curioso incrustado en una época trallera, el amigo Bram. No les cuento más para que los enemigos del sobrevalorado spoiler no menten a mi familia.

Descubrí ayer el resultado a la baja de España en el festival cancionero que goza de una vida más longeva que la del propio chupasangre magistralmente interpretado por Christopher Lee (mi favorito) en aquel celuloide de colores vistosos y miradas lúbricas. Puedo entender a Drácula, incluso creérmelo pese a su nebuloso estado de inverosímil ficción. No me disgustaría tenerlo de amigacho pues se trata de un seductor decadente, nocturno, refinado y marginado. Desprecia los atolladeros terrenales y se conforma con un magro sustento en forma de sangre. Imposible no apreciarle. Sin embargo, qué paradoja, todo lo que rodea Eurovisión, por muy real que sea, se me antoja postizo, estridente, atrofiado por el escaso riesgo de los intérpretes, manipulado por las redes. El castillo de cartón piedra donde moraba Christopher Lee en aquellas producciones de la Hammer rezuma más verdad que los brincos de esos cantantes acelerados que desgranan tonos sin rastro de alma. El chaval Miki (¿o es Miqui?) quedó el 22. Lo siento por él y por su futuro acaso de juguete roto. Al menos en la Valencia Negra premiaron un novelón de César Pérez Gellida, 'Todo lo mejor'. Queda esperanza, pues, en la otra orilla.